Captulo 3
Pg.
PERCEPCIN SIN VISIN
42
1. Sistema somatosensorial
46
1.1. Anatoma y fisiologa del tacto: el sistema somatosensorial 
46
1.2. El concepto de percepcin tctil: Problemas tericos
52
1.3. La percepcin de la textura
53
1.4. La percepcin de patrones complejos
54
1.5. El desarrollo de la sensibilidad cutnea
63
1.6. El desarrollo de la capacidad de discriminacin tctil
64
2. El sistema vestibular
66
3. El papel de la percepcin auditiva
68
3.1. Anatoma y fisiologa del sistema auditivo
68
3.2. La discriminacin de sonidos
75
3.3. La localizacin de fuentes de sonido
75
3.4. El sentido del obstculo
77
3.5. El papel de la audicin en el desarrollo perceptivo de los ciegos
79
4. Los sentidos qumicos externos
80
4.1. Gusto
80
4.2. Olfato
82
5. La experiencia del mundo sin visin
84


Captulo 3
PERCEPCIN SIN VISIN
FLORENTINO BLANCO Y MARIA EUGENIA RUBLO
      Parece claro que aunque el anlisis de la ceguera no se agota con el anlisis de los 
problemas perceptivos, son estos problemas los que determinan la configuracin cognitiva 
particular de los deficientes visuales. En efecto, no es necesario que el lector se esfuerce 
demasiado para hacerse cargo de la enorme importancia del sistema visual en la mayor 
parte de las situaciones que conforman su vida cotidiana y el decisivo impacto que tiene 
perder la vista sobre su forma de conocer el mundo. El sistema visual humano es el 
resultado de una larga evolucin filogentica que lo ha convertido en el mejor analizador 
de frecuencias espaciales de que disponemos. Casi todos nuestros juicios sobre el entorno 
se basan, en condiciones normales, en el sistema visual; incluso gran parte de nuestro 
conocimiento sobre el mundo y sobre nosotros mismos se nos presenta 
fenomenolgicamente en forma de imgenes visuales. Por tanto, ser ciego no implica 
slo la imposibilidad de ( acceder a determinado tipo de energas (ver el Captulo 2) sino, 
lo que seguramente es ms decisivo, la imposibilidad de representarnos el mundo  si lo 
viramos. Las repercusiones de los dficits visuales afectan a cuestiones puramente 
adaptativas en lo que se ha dado en denominar habilidades de la vida cotidiana y a la 
capacidad de acceso a la informacin cultural a travs de los soportes habituales 
(lectoescritura, imgenes bidimensionales, etc.). Por ello, el deficiente visual debe 
optimizar los sistemas sensoriales intactos. En este sentido, la cultura ha diseado 
instrumentos de mediacin (o mejor, de re-mediacin) que permiten acceder a la 
informacin relevante a travs de tales sistemas. Por tanto, creemos oportuno incluir un 
captulo sobre percepcin no visual en un libro en el que se abordan las consecuencias 
cognitivas del dficit visual y algunas de las estrategias que podemos poner en juego para 
contribuir a la adapta de los ciegos a su entorno.
      Nuestro propsito consiste en explicar cmo funcionan los sistemas sensoriales que los 
ciegos tienen a su disposicin y cmo stos utilizan tales sistemas. La posibilidad de  
responder a la primera cuestin est limitada fundamentalmente por dificultades 
metodolgicas, tcnicas o ticas para acceder a estos sistemas. La segunda cuestin 
entraa, al menos, problemas tericos y metodolgicos.
      Por un lado, no existe una teora de la percepcin que nos permita dar cuenta de 
manera satisfactoria y congruente de los datos disponibles. En este sentido, es conveniente 
que reconozcamos antes de entrar en materia las dificultades que surgen cuando intentamos 
distinguir el concepto de percepcin de otros conceptos ms o menos cercanos como la 
sensacin, la representacin o la comprensin. Se asume generalmente que los procesos 
perceptivos terminan con la construccin por parte del sujeto de un percepto; las 
diferencias entre los tericos surgen a la hora de atribuir cualidades a dicho percepto. Un 
grupo significativo de teoras asume que los procesos perceptivos finalizan cuando el 
sujeto elabora un modelo del objeto esencialmente neutro, no contaminado por los 
contenidos o las expectativas del sistema y u por ste con diversas finalidades. De este 
modo, la percepcin constituye un proceso con sus propias regias de funcionamiento y que, 
por lo tanto, puede ser estudiado con una relativa independencia respecto a otros procesos 
(Marr, 1989).
      Un segundo grupo de tericos defiende una idea de la percepcin ms amplia que la 
anterior, segn la cual los procesos perceptivos y su resultado, el percepto, estn siempre 
determinados por las expectativas del sistema o la experiencia previa del sujeto. Este 
segundo grupo de teoras admite ms o menos explcitamente que el acto perceptivo 
culmina en la experiencia fenomenolgica y, por ello, resulta objetivamente muy complejo, 
sino imposible distinguir los procesos perceptivos de procesos superiores como la 
representacin o la comprensin. Como el lector comprender, no es tarea de este escrito 
mediar en la disputa, pero s es conveniente sealar nuestra situacin actual respecto al 
problema. Aunque ninguna de las dos orientaciones ha mostrado mayor capacidad 
explicativa en la prctica cientfica, parece claro que postular una definicin de lo 
perceptivo excesivamente amplia introduce una cierta confusin semntica y, en con 
secuencia, un cierto desorden metodolgico. Es frecuente encontrar, por ejemplo, trabajos 
sobre cuestiones perceptivas en los que se utilizan tareas clsicas de memoria (tareas de 
discriminacin en ausencia de uno de los tems, identificacin de objetos familiares, etc.). 
Por otro lado, el exceso de confianza que a partir del comienzo de los 60 se viene 
depositando en las expectativas del sistema, y no slo desde el punto de vista de la 
denominada Psicologa Cognitiva del Procesamiento de la Informacin, nos ha deparado, 
en el mejor de los casos, un modelo de sujeto que se debate entre la tirana de los estmulos 
y la tirana de la experiencia acumulada, y en el cual la percepcin constituye uno de los 
frentes en que se expresa ms claramente esta agona.
      Es necesario, segn parece, introducir una cierta dosis de sentido comn en este campo. 
Manejaremos, pues, una definicin de lo perceptivo relativamente restringida y evitaremos, 
en lo posible, la referencia a fenmenos, situaciones experimentales o procesos cognitivos 
que sern mejor entendidos en el contexto terico de otros captulos. Por ejemplo, algunos 
autores utilizan con relativa frecuencia la nocin de percepcin del espacio (p.e., 
Warren, 1978). Desde nuestro punto de vista, el problema de la espacialidad en los ciegos 
puede ser, probablemente, mejor entendido si se tienen en cuenta los mecanismos de 
acceso a la informacin, pero su anlisis no agota, ni resuelve, en ningn caso, dicho 
problema. Es probable que podamos establecer con cierto rigor el tipo de estrategias que 
un ciego pone en juego para percibir un ladrillo o una pared, pero difcilmente nos 
permitir tal anlisis afirmar algo acerca del proceso por el cual llega a tener una idea 
acerca de la ciudad en que vive.
      La principal dificultad metodolgica tiene que ver con la importancia de las variables 
del sujeto en el campo de la deficiencia visual. Por un lado, y casi sin temor a exagerar, 
podramos decir que cada deficiente visual plantea, desde un punto de vista psicolgico, un 
problema perceptivo diferente. En este sentido, cabe sealar que el porcentaje de ciegos 
que no ven absolutamente nada es tan escaso que parece una osada plantearse explicar los 
modos en que los ciegos acceden a la informacin a partir de estos casos. Adems, los 
restos visuales disponibles deciden, en cierto modo, el nivel de implicacin funcional de 
los otros sistemas en el acto perceptivo. La experiencia visual previa tambin influye de 
forma notable en el modo en que se organizan las funciones perceptivas en los deficientes 
visuales.
      Como consecuencia, a parte de todos estos problemas, el sujeto del que hablamos en 
este captulo es un sujeto bastante idealizado, un sujeto que no utiliza funcionalmente 
ningn tipo de informacin visual y que hace descansar su posibilidad de acceder a los 
objetos materiales en otros sistemas perceptivos. Evidentemente, el hecho de que no sea 
posible utilizar informacin visual no implica una alteracin estructural de los otros 
sistemas sensoriales. Estamos hablando de la clebre hiptesis de la sobrecompensacin. 
La mayor parte de los trabajos que han intentado comparar umbrales perceptivos (no 
visuales) en ciegos y videntes no han encontrado diferencias sustanciales. En todo caso, las 
diferencias que aparecen en algunas situaciones de prueba concretas se pueden explicar 
fcilmente teniendo en cuenta la mayor familiaridad de los ciegos con los materiales 
usados (por ejemplo, estmulos puntogrficos en relieve semejantes a los caracteres braille) 
o la influencia de la atencin.
      En cuanto a la estructura del captulo, hemos optado por organizar la informacin en 
torno a los sistemas perceptivos con mayor relevancia funcional para los deficientes 
visuales (somatosensorial, vestibular y auditivo), dedicando menos espacio a los sistemas 
perceptivos cuya organizacin y funcionalidad no reviste caractersticas especiales en este 
tipo de sujetos (gusto y olfato). En ningn caso pretendemos que estos ltimos sistemas 
tengan un papel secundario en el acceso a la informacin. Lo que se sugiere es que se trata 
de sistemas que no se reorganizan sustancialmente como consecuencia de la ausencia de 
visin. En cada uno de los sistemas comenzaremos describiendo los receptores, las vas y 
los centros nerviosos asignados al procesamiento de la informacin que captan, tanto a 
nivel anatmico como fisiolgico (las figuras 3.1 y 3.2 muestran los principios anatmicos 
y fisiolgicos comunes a los sistemas sensoriales; la figura 3.3 muestra las reas corticales 
primarias de los distintos sentidos). A continuacin revisa remos las investigaciones ms 
importantes sobre el modo en que los ciegos utilizan dichos sistemas para acceder a los 
objetos de su entorno.
      Por su relevancia para los ciegos y su relativa sencillez anatmica trataremos primero 
el sistema somatosensorial. Aqu distinguiremos entre somestesia  que engloba las 
submodalidades sensoriales que se recogen bsicamente a nivel de piel y desempean un 
papel primordial en la percepcin del entorno  y propiocepcin  que abarca el sentido 
muscular y de las articulaciones  que, adems de contribuir al conocimiento del peso y las 
formas de los objetos, suministran informacin referente a la posicin del cuerpo, tanto en 
casos de inmovilidad como en los de movimiento. Comentaremos seguidamente datos 
relativos a la percepcin tctil, de textura, de patrones bidimensionales y de patrones 
tridimensionales. El papel de la percepcin del movimiento en la representacin del 
espacio ser analizado en el captulo correspondiente. En realidad, y como el lector puede 
imaginar, cuando un ciego percibe objetos de su entorno en su vida cotidiana integra 
informacin procedente de ambas submodalidades. Por tanto, y aunque desde el punto de 
vista anatmico-fisiolgico es necesario distinguir entre el sistema somestsico y 
propioceptivo, la organizacin de la parte ms psicolgica del captulo se lleva a cabo 
sobre la base de las propiedades del objeto a percibir.

FIGURA 3.1. Un estmulo procedente del ambiente hace que el receptor genere una seal 
elctrica. La seal se desplaza hasta el extremo de la fibra nerviosa del receptor. El cuerpo 
celular de la siguiente neurona recibe la seal de la fibra nerviosa del receptor y genera otra 
seal elctrica, siendo sta transmitida a lo largo de la fibra nerviosa de esta neurona. 
(Goldstein, 1988, p. 33)

FIGURA 3.2. Prototipo de sistema sensorial. La seal elctrica originada en el receptor se 
transmite hacia el cerebro a lo largo de una serie de neuronas. (Goldstein, 1988, p. 33. 
Reproducido con permiso de la editorial Debate)

FIGURA 3.3. Cerebro humano mostrando la localizacin de las reas primarias de 
recepcin cortical de los distintos sentidos. (Goldstein, 1988, p. 34. Reproducido con 
permiso de la editorial Debate)

      El segundo sistema sensorial que se aborda es el vestibular que contribuye al 
conocimiento de la posicin del cuerpo y la elaboracin de respuestas reflejas destinadas a 
la conservacin y recuperacin del equilibrio. La literatura sobre percepcin vestibular es 
escasa y, en caso de sujetos ciegos, inexistente, pero su importancia para la deambulacin 
determina su tratamiento en este libro.        
      El sistema auditivo, que se describe seguidamente, presenta semejanzas anatmicas con 
el vestibular derivadas de su origen comn y es precisamente a su papel en la localizacin 
de fuentes de sonido y de obstculos en el espacio, funciones para las que se desarroll 
originalmente, al que dedicaremos ms espacio. Concluiremos la revisin de los sistemas 
sensoriales con la descripcin de los sistemas gustativo y olfatorio, y el captulo con 
algunas reflexiones sobre la experiencia del mundo sin visin.

1. Sistema somatosensorial
1.1. Anatoma y fisiologa del tacto: el sistema somatosensorial         
      El sistema somatosensorial recibe y procesa los estmulos mecnicos, trmicos y 
qumicos que inciden en la piel y los mecnicos que se generan en el interior de nuestro 
cuerpo. La amplitud de la zona de recepcin y la variedad de acontecimientos o situaciones 
que se registran en ella quedan reflejadas en la expresin sensibilidad general del cuerpo 
con que se designa globalmente las modalidades sensoriales que comprende.
      Una primera clasificacin distingue entre somestesia y propiocepcin. Dentro de la 
primera se incluyen el tacto, sensacin desencadenada por el contacto de la piel con un 
agente mecnico; la presin, que supone la aplicacin ms intensa de un estmulo 
mecnico y la deformacin temporal del tejido subyacente; el dolor, sensacin que deriva 
del dao tisular por accin de un agente mecnico, qumico o trmico; y temperatura, 
obviamente desencadenada por agentes trmicos. El cosquilleo, y el prurito o picor 
tambin se suelen incluir d de la somestesia. Adems, se deben tener en cuenta algunas de 
las seales recogidas en las vsceras, que con frecuencia no son percibidas e que se utilizan 
en la regulacin de las funciones vitales.
      El trmino propiocepcin fue introducido por Sherrington a comienzos de siglo para 
designar el conjunto de sensaciones desencadenadas desde el sistema locomotor. Abarca la 
posicin de las articulaciones, la velocidad de desplazamiento de los miembros y el grado 
de contraccin muscular, informacin que tampoco suele hacerse consciente aunque es de 
gran utilidad para las estructuras responsables del control del movimiento. Adems, el 
sistema propioceptivo coopera con el somestsico en la deteccin de la forma y el peso de 
los objetos que se manipulan. De hecho, la anestesia de la piel de las manos no impide el 
reconocimiento de las formas de los objetos. Por otra parte, seales recogidas a nivel de 
piel, por ejemplo de las plantas de los pies, contribuyen al conocimiento de la posicin y el 
desplazamiento del cuerpo.
      Los estmulos somestsicos son recogidos en los extremos de las prolongaciones 
receptoras de las neuronas sensitivas cuyos cuerpos neuronales estn en ganglios prximos 
al tronco cerebral o a la mdula espinal hasta donde son conducidos por sus prolongaciones 
trasmisoras. Se trata de terminaciones  desnudas o rodeadas de una cpsula  de neuronas 
cuyo dimetro de axn y envoltura de mielina son muy variables. Estos dos factores: 
grosor del axn y mielina inciden en la velocidad de conduccin de impulsos en las 
neuronas. Los axones ms anchos y con mayor cantidad de mielina, que viene a ser una 
cubierta aislante, ofrecen una menor resistencia al flujo de comente -o seales elctricas- 
en las fibras nerviosas. Adems, la mielina, al estar dispuesta a tramos sobre el axn, hace 
que la corriente fluya nicamente en los puntos donde se interrumpe, de forma saltatoria. 
Por ello, cuanto mayores son el dimetro y la cantidad de mielina, la conduccin de seales 
nerviosas es ms rpida.
      Los receptores somestsicos se disponen entre las capas de la piel a niveles 
superficiales o profundos (ver figura 3.4.). Se debe distinguir entre los de la piel sin pelo 
(la de las palmas de las manos y de los pies, y de la cara interior de los brazos) y la piel con 
pelo. La zona de piel asignada a cada receptor constituye su campo receptor. A ms 
receptores por unidad de superficie, menor ser el campo de cada uno y menor tambin la 
distancia necesaria para que dos puntos estimulados simultneamente se perciban como 
distintos. As, en la punta de los dedos esta distancia es de unos 2 mm; en el brazo, de unos 
30 mm, y en la espalda, de unos 70 mm.
      El tipo de receptor ms sencillo que existe es la terminacin nerviosa libre, que se 
ramifica y distribuye a distintos niveles de la piel. El grado de especificidad de estos 
receptores vara enormemente desde los que exhiben una cierta preferencia por alguna 
submodalidad a los que son absolutamente polimodales.

FIGURA 3.4. Receptores somatosensoriales de la piel con pelo del hombre. Las 
terminaciones nerviosas libres y los discos de Merkel acaban a un nivel ms superficial que 
las otras terminaciones; los corpsculos de Pacini son las estructuras ms profundas. 
(Bridgeman, 1988, p. 38)

      Las terminaciones encapsuladas constituyen otro gran grupo de receptores. Una 
cpsula es una cubierta de tejido conectivo que se dispone en los extremos de las fibras 
nerviosas. Los ms conocidos son los corpsculos de Meissner que se localizan 
exclusivamente en la piel lampia, ms densamente en los dedos de las manos, y los 
corpsculos de Pacini, los discos de Merkel y los terminales de Ruffini, que se distribuyen 
en ambos tipos de piel (ver figura 3.5, donde se muestran tambin sus propiedades). 
Especficos de la piel cubierta de pelo son los receptores que se enrollan en la base de los 
folculos pilosos que recogen el desplazamiento del pelo y su tasa de velocidad, o el roce 
de objetos que se desplazan sobre estos pelos y su velocidad de desplazamiento.      

FIGURA 3.5. Propiedades de los mecano-receptores relacionados con el tacto en la mano 
humana. La columna izquierda muestra el tamao de los campos receptivos. La columna 
central representa el tipo de receptor de la piel. La columna de la derecha indica la marca 
del estmulo y la respuesta electrofisiolgica. Cada fila muestra las caractersticas de un 
tipo de unidades tctiles. (A) Fibras tipo q de rpida adaptacin (AR 1). (B) Fibras tipo 1 
de adaptacin lenta (AL 1). (C) Fibras tipo 2 de rpida adaptacin (AR II). (D) Fibras de 
tipo 2 de adaptacin lenta (AL II). (Adaptado de Valbo y Johansson, 1984). (Rosenzweig y 
Leiman, 1989, p. 272)

      Cada uno de estos terminales presenta caractersticas que los hacen aptos para registrar 
determinados rasgos de los estmulos. As, los de Meissner detectan cambios en la 
condicin estimular pues dejan de responder a un estmulo que no cambia. Este rasgo, 
unido a su localizacin en las yemas de los dedos, ha llevado a postular que son los 
detectores que ms contribuyen al tacto activo, que implica una exploracin de objetos 
mediante su manipulacin, punto que se ha comprobado experimentalmente registrando 
elctricamente la actividad de diversos receptores en el curso de la misma. Cambios ms 
rpidos se detectan gracias a los corpsculos de Pacini, pero su resolucin espacial es 
menor. Los de Ruffini y de Merkel registran deformaciones sostenidas de la piel, los 
primeros de zonas amplias y los segundos de zonas pequeas. Se necesita un estmulo 
menos intenso para provocar una respuesta en los receptores de los dedos de las manos que 
en los de otras zonas de la piel, y basta una nica descarga del nervio para percibir el 
estmulo. Adems, la trasmisin a travs de esas fibras es ms rpida, no slo por su grosor 
y la mielina, sino tambin por un acceso ms directo a los centros donde se culmina el 
proceso de percepcin. Parece, pues, que existen, dentro de la somestesia, vas que 
posibilitan un procesamiento rpido y preciso. Otras, en cambio, ms lentas y difusas, 
contribuyen a mantener un flujo de informacin donde importa menos la urgencia y la 
localizacin que la sealizacin de la presencia del estmulo. Algunos de los receptores 
mencionados hasta aqu se encuentran tambin en los ligamentos musculares, 
articulaciones y en las paredes de las vsceras, como los de Pacini, Ruffini y las 
terminaciones nerviosas libres.
      El blanco de las fibras nerviosas sensitivas es la mdula espinal o el tronco cerebral, 
segn la situacin de la zona receptora. Dos son las principales vas somestsicas. La ms 
voluminosa y nueva en la filognesis se denomina va de las columnas dorsales, porque 
forma parte de la regin dorsal (posterior) de la mdula. Los axones, gruesos y muy 
mielinizados, corresponden a la prolongacin trasmisora de las neuronas sensoria les que 
tienen su cuerpo neuronal en un ganglio y que no contactan en la mdula ms que a travs 
de ramas colaterales. La va de las columnas dorsales liega hasta el bulbo raqudeo, donde 
releva en los ncleos de Goli y de Burdach, primera estacin de esta ruta. En ellos se 
origina el haz del lemnisco medio, que se decusa al lado opuesto e incorpora fibras que 
trasmiten sensibilidad de la cabeza, que llegan al complejo ventrobasal del tlamo, donde 
se distribuyen topogrficamente segn el sitio del que procedan las seales. Desde l se 
proyectan neuronas a diversas zonas de la corteza, principal mente del lbulo parietal. En 
virtud de la decusacin, la corteza somatosensorial derecha es informada de seales 
desencadenadas en el lado izquierdo del cuerpo, y vice-versa. Por esta va se trasmiten 
seales referentes a tacto fino y discriminativo, y vibracin, que supone la estimulacin 
de la piel de forma repetitiva, o, en circunstancias cotidianas, la estimulacin sucesiva de 
los receptores a medida que la piel recorre un objeto (ver figura 3.6).
      En la zona anterolateral de la mdula espinal se sitan los haces espinotalmicos, 
constituidos por fibras de neuronas medulares, que reciben seales de las propias neuronas 
sensitivas. Estos contactos se verifican ordenadamente en diversas zonas de la parte 
posterior de la mdula, desde las que las fibras cruzan al lado opuesto y suben hasta 
ncleos talmicos del grupo ventral posterior y otros grupos neuronales de esta estructura, 
ncleos que estn implicados en procesos de atencin y en el despertar difuso de la 
corteza cerebral o que constituyen puntos de convergencia de seales visuales y auditivas. 
Desde el tlamo se proyectan fibras a la corteza somatosensorial. Las submodalidades 
trasmitidas por este haz son cosquilleo, escozor, temperatura y dolor tanto agudo, intenso, 
localizado y puntual, como sordo, difuso y continuo. En los haces espinotalmicos, la 
cantidad, el dimetro y el grado de mielinizacin de los axones son menores que en la va 
anterior, la trasmisin, por tanto, es ms lenta, y el grado de resolucin espacial es inferior; 
aunque hay que precisar que existen diferencias respecto a estas caractersticas, hasta el 
punto que se distingue entre va neoespinotalmica, ms rpida y directa, y 
paleoespinotalmica, lenta y con un nmero de sinapsis superior. El dolor agudo, por 
ejemplo, se trasmite por la va neoespinotalmica y el sordo o difuso, por la 
palieoespinotalmica.
      Un cierto nmero de fibras de este ltimo haz se dirige a centros reguladores del medio 
interno  centros  vegetativos , donde ponen en marcha respuestas inconscientes que 
corrigen o atenan el estado captado por los receptores y modulan la propagacin de las 
seales (ver figura 3.7). Los centros analgsicos del tronco cerebral constituyen otro de los 
blancos del haz paleoespinotalmico y el origen de fibras que descienden hasta la mdula 
espinal donde atenan la intensidad de los mensajes que se envan hasta las reas donde 
tiene lugar la percepcin. En la percepcin del dolor parece estar implicado el tlamo y no 
slo la corteza cerebral como en el resto de los sistemas sensoriales, lo que quizs se deba 
al alto valor biolgico de esta seal. Otro aspecto peculiar de la trasmisin del dolor es la 
implicacin de diversas reas corticales en los diferentes aspectos de su percepcin. 
Existen datos que avalan la disociacin entre la percepcin y la experiencia emocional del 
dolor, de los que cabe mencionar los resultados de la extirpacin de una regin de corteza 
lmbica a pacientes aquejados de dolores crnicos, en los que desaparecan los sntomas 
emocionales consecuentes a los dolores  congoja, depresin , mantenindose, sin 
embargo, la percepcin objetiva del dolor.

FIGURA 3.5. Propiedades de los mecano-receptores relacionados con el tacto en la mano 
humana. La columna izquierda muestra el tamao de los campos receptivos. La columna 
central representa el tipo de receptor de la piel. La columna de la derecha indica la marca 
del estmulo y la respuesta electrofisiolgica. Cada fila muestra las caractersticas de un 
tipo de unidades tctiles. (A) Fibras tipo q de rpida adaptacin (AR 1). (B) Fibras tipo 1 
de adaptacin lenta (AL 1). (C) Fibras tipo 2 de rpida adaptacin (AR II). (D) Fibras de 
tipo 2 de adaptacin lenta (AL II). (Adaptado de Valbo y Johansson, 1984). (Rosenzweig y 
Leiman, 1989, p. 272)

FIGURA 3.6. Tractos ascendentes del sistema somatosensorial. a) El sistema 
espinotalmico. Las dos reas de la corteza somatosensorial tienen mapas somatotpicos 
del cuerpo distintos, pero ambas reciben aferencias talmicas. b) El sistema lemniscal, que 
va por las columnas dorsales de la mdula, y el fascculo dorsolateral. Las fibras de la 
columna dorsal se van aadiendo del lado medial al lateral, segn ascienden por la mdula: 
el fascculo gracilis, ms medial, comienza en la parte inferior de la mdula; el fascculo 
cuneatus, ms lateral, se aade ms cerca del cerebro. (Bridgeman. 1988, p. 137)

FIGURA 3.7. Sistema de analgesia del tronco enceflico y mdula espinal que muestra la 
inhibicin de seales dolorosas que llegan al nivel medular. (Guyton, 1989, p. 223).

      La utilizacin de las seales para funciones diversas y en centros distintos no es 
exclusiva del haz paleoespinotalmico. Realmente en cada punto de relevo, la informacin 
que asciende se procesa y se pone al servicio bien de conductas reflejas que se realizan 
inconscientemente sin intervencin de estructuras superiores, como la de retirar la mano de 
una llama o de un objeto punzante, o la de flexionar los dedos para asir un objeto que toma 
contacto con la piel, respuesta que exhiben los nios recin nacidos y que desaparece en 
los primeros meses. Adems, las diversas estaciones de relevo y la corteza pueden tambin 
potenciar o atenuar mensajes, y no slo los nocivos, lo cual permite afirmar que el sistema 
nervioso central contribuye a modelar las seales procedentes de la periferia. Por otra 
parte, ambas vas (del lemnisco y espinotalmica) pueden influir en el nivel de atencin 
con que se procesan seales a travs de ramas que abandonan los haces principales y 
activan los centros de la atencin en el tronco cerebral.
      Por lo que respecta a la propiocepcin, los receptores se localizan, como ya se ha 
comentado, en los msculos, tendones, articulaciones y ligamentos. Entre las fibras 
musculares estriadas, que poseen numerosas protenas contrctiles que posibilitan tal 
funcin, se encuentran las fibras fusales, as llamadas por su forma de huso, redondeadas 
en su zona central y delgadas en los extremos o alargadas, en las que el nmero de 
protenas contrctiles es escaso. Hasta ellas llegan dos tipos de fibras sensitivas: unas muy 
gruesas y mielinizadas, que se enrollan y constituyen las terminaciones anuloespirales, y 
otras ms delgadas, terminaciones secundarias, que slo contactan con los husos 
alargados. Este conjunto formado por una fibra muscular modificada y una fibra nerviosa 
constituye el equipo detector del alargamiento o acortamiento del msculo cuando se relaja 
o contrae. Lo que sucede es que cualquier cambio en la longitud del msculo, desde los 
ocasionados por la fuerza de gravedad hasta los provocados por rdenes de los centros 
motores del sistema nervioso, repercute en los husos, y, consecuentemente, en las fibras 
nerviosas que se disponen sobre l. As, el cambio es captado y trasmitido a toda 
velocidad, por lo que dichos centros reciben puntual informacin de las consecuencias de 
la accin y del estado del msculo, y pueden corregirlo. Algo similar sucede con los 
receptores de los tendones, llamados rganos tendinosos de Golgi, altamente sensibles a la 
contraccin activa del msculo, que conlleva un cambio de tensin respecto al hueso donde 
se inserta.
      Ya se ha comentado que algunos de los receptores somestsicos se comportan como 
propioceptores. Los de Pacini y Ruffini constituyen un sistema diseado para registrar la 
posicin de las articulaciones, detectando los primeros la aceleracin en el desplazamiento 
de la articulacin y los segundos los ngulos en que quedan. En los ligamentos existen 
receptores de tensin similares a los de los tendones, y terminaciones nerviosas simples, 
similares a las que recogen dolor.
      Estas neuronas propioceptivas entran en la mdula espinal, o tronco cerebral, donde 
dejan ramas que trasmiten las seales detectadas a neuronas que organizan respuestas 
reflejas, automticas, destinadas a ajustar el tono muscular o liberar al tendn de una carga 
excesiva. Las prolongaciones principales establecen contacto con las segundas neuronas de 
la va en segmentos medulares situados a un nivel superior del que entraron. El destino de 
estas neuronas, que constituyen los haces espinocerebelosos y forman parte de la regin 
blanca lateral de la mdula espinal, es mltiple. Si trasmiten seales procedentes de las 
extremidades inferiores se dirigen principalmente al cerebelo, aunque un grupo de ellos va 
hacia un misterioso ncleo, llamado Z desde el cual parten fibras que se incorporan al 
lemnisco medio y siguen su trayectoria hasta la corteza cerebral. Las neuronas medulares 
que trasmiten seales procedentes dc las extremidades superiores llegan a los ncleos de 
relevo de la va de las columnas dorsales y, desde all, siguen idntico camino que sta, 
formando parte tambin de la va del lemnisco. En ambos casos, las zonas de corteza que 
reciben ms proyecciones talmicas son la corteza motora situada en el lbulo frontal y la 
parte de la corteza somatosensorial inmediatamente adyacente, del lbulo parietal. Este 
diferente destino de las seales de las extremidades inferiores y superiores refleja, 
posiblemente, las distintas funciones a las que subsirven. Las extremidades inferiores 
entran en juego para el mantenimiento de la postura tanto en situaciones de inmovilidad 
como durante los desplazamientos. EL cerebelo es un centro de coordinacin del equilibrio 
y del tono muscular y debe integrar esta informacin con la referente a la posicin de la 
cabeza, cuello, etc., para desempear tales funciones de forma eficaz. Las extremidades 
superiores estn implicadas en otras funciones, bsicamente de intervencin o exploracin 
activa en el exterior, en las que la extraccin de rasgos y el control fino de los movimientos 
de las manos requieren la intervencin de la las cortezas somatosensorial y motora. Esta 
organiza la accin en base a la informacin del propio cuerpo, de su posicin en el espacio, 
de los objetos a manipular y de memorias de movimientos que obtiene de estructuras muy 
diversas, tanto corticales y subcorticales, como de los receptores.
      La percepcin de la forma, textura, peso y temperatura de los objetos implica, como se 
ha sealado, a la corteza somatosensorial, que abarca unas cinco reas distintas a lo largo 
del lbulo parietal y se extiende hacia lo conocido como corteza motora, en el lbulo 
frontal. Cada una de las zonas de corteza somatosensorial recibe mensajes captados por 
todo tipo de receptores y procedentes de toda la zona receptora, aun que parece exhibir una 
cierta especializacin por algn rasgo de los estmulos. Todas presentan una organizacin 
topogrfica ms o menos extensa del cuerpo, mdulos verticales  columnares  asociados 
a la localizacin y a la identificacin del estmulo, y mdulos horizontales, implicados al 
parecer en aspectos tales como la duracin del estmulo.
      Otras reas situadas en la parte posterior del lbulo parietal, conocidas como corteza 
parietal de asociacin, deben llevar a cabo una integracin de lo procesado en las reas 
anteriores, dado que las neuronas responden activamente ya no tanto cuando un estmulo 
incide en un punto muy concreto de la piel, sino cuando un estmulo recorre la palma de la 
mano o el antebrazo. En ellas se han identificado neuronas que permanecen activas el 
intervalo de tiempo que transcurre desde que un mono manipula un objeto hasta que lo 
empareja con otro idntico. El mantenimiento de la actividad se ha interpretado como el 
correlato fisiolgico de la retencin de rasgos del objeto de prueba a fin de decidir si es 
igual o diferente al propuesto como modelo (Koch y Fuster, 1989). Estas zonas de corteza 
parietal tambin parecen estar implicadas con el movimiento de las manos durante la 
manipulacin y con los movimientos de los ojos sobre un objeto de inters (de hecho estn 
conectadas con la corteza visual). Es por todo ello que estas reas posteriores se han 
asociado no tanto a aspectos concretos de una conducta cuanto a conductas naturales. Su 
participacin en acciones como las descritas parece venir indicada tambin por sus 
conexiones con algunas de las reas visuales y con reas motoras implicadas en la 
planificacin, inicio, mantenimiento y ejecucin de movimientos intencionales. En 
definitiva, la informacin recogida por los propioceptores de las manos, brazos y hombros 
y de los receptores de textura de los dedos de las manos, de cuyo procesamiento parecen 
responsables reas parietales anteriores, resulta indispensable para el ajuste de los 
movimientos manipulativos. La corteza parietal posterior cumplira, en este sentido, una 
funcin fundamental en la definicin de las caractersticas del espacio extrapersonal, cuyos 
rasgos especficos seran analizados en reas parietales anteriores. En dichas reas, la 
extraccin de rasgos se pone al servicio de la construccin global del objeto. Sin embargo, 
las reas parietales posteriores se podran considerar sensoriales slo en la medida en que 
se encargan de analizar la informacin sensorial, si bien dicha informacin parece ponerse 
al servicio de procesos intencionales de acceso a la informacin mediante una intervencin 
motora directa en el espacio extrapersonal (Butter, 1980; Hyvrinen, 1980, Sakata, 1980).

1.2. El concepto de percepcin tctil: Problemas tericos
      Aunque intuitivamente todos sabemos a qu nos referimos cuando hablamos de 
percepcin tctil, las cosas no estn tan claras cuando profundizamos mnimamente en este 
concepto. De hecho, resulta realmente complejo encontrar etiquetas adecuadas para el tipo 
de fenmenos que vamos a analizar en este apartado.
      En primer lugar, un problema de prejuicios tericos: generalmente se identifica la 
expresin percepcin tctil con los trabajos de tipo psicofsico o periferalista sobre el 
tacto, es decir, con situaciones experimentales con escaso sentido psicolgico y eco 
lgico. Por otro lado, y si esta etiqueta no nos convence, nos queda la posibilidad de acudir 
a la socorrida y ms publicitada percepcin hptica.
      En realidad, cada una de estas expresiones hace referencia a dos concepciones tericas 
y dos filosofas de trabajo opuestas, que ya sealbamos en la introduccin, cada una de las 
cuales presenta sus ventajas y sus inconvenientes. Desde luego, la mayor parte de las 
situaciones que aqu nos interesan en relacin al mundo perceptivo de los ciegos estn ms 
cerca de lo hptico que de lo psicofsico, pero existen algunas situaciones relevantes que 
no podramos integrar en la primera categora. Es ms, si la idea del tacto como sistema 
hptico entraa un nfasis especial en el control del sujeto sobre el flujo informativo, 
existiran verdaderos problemas para decidir qu consideramos como control general, en la 
tradicin gibsoniana se tiende a tomar como criterio de control la actividad del sujeto, sus 
movimientos de exploracin manual. Consideremos, por ejemplo, las dificultades que 
surgen para decidir si un sistema de lectura braille en el que el sujeto mantiene un dedo 
inmvil sobre un tambor giratorio con caracteres en relieve implica un proceso activo o 
pasivo por parte del sujeto. Sin embargo, y especial mente cuando no conocemos el objeto 
que intentamos percibir, es el sujeto quien con trola el flujo informativo o es el objeto, el 
conjunto de sus atributos fsicos, la instancia que programa la actividad del sujeto, o son 
ambas cosas a la vez? Parece que la solucin de este problema pasa por la reflexin sobre 
un problema previo de ndole epistemolgica sobre el cual, seguramente, la propia 
psicologa de la ceguera tiene mucho que decir. Intentaremos en este apartado analizar 
algunos aspectos de este problema.
      El debate entre estos dos modelos perceptivos presenta un fuerte componente 
fenomenolgico que figura ya en los trabajos del propio Gibson (1966) y de uno de sus 
ms claros predecesores en lo que se refiere a su concepcin holstica y activa del sistema 
tctil. Nos referimos a D. Katz, especialmente en su famoso Tastwelt (1925). En efecto, 
ambos autores destacaron la idea de que toda experiencia perceptiva tiene dos polos: un 
polo objetivo y un polo subjetivo. Unos sistemas perceptivos potencian ms la objetividad 
que otros. En este sentido, el sistema visual resulta el ms volcado hacia el exterior el ms 
tiranizado por el mundo, y el sistema propioceptivo el ms ligado a los estados de nuestro 
organismo. La cuestin, como se ve, tiene muchos recovecos en los que ahora no vamos a 
penetrar, y que abordaremos ms adelante.
      Cabe sealar, por otro lado, que algunos de los modelos tericos ms afinados y 
prometedores en la actualidad entraan una concepcin altamente modularizada de la 
percepcin tctil que va ms all de los modelos psicofsicos tradicionales. Pensemos, por 
ejemplo, en los modelos diseados a partir del anlisis de Fourier que tantos adeptos han 
ganado en el estudio de la pe visual y que han comenzado a ser aplicados al estudio de la 
percepcin tctil (Loomis, 1981; Loomis y Lederman, 1986). De cualquier manera, una 
objecin importante a este tipo de aproximaciones pasa por reconocer su escasa relevancia 
fuera de las situaciones de laboratorio a partir de las que se generan. Ha de pasar, en el 
mejor de los casos, algn tiempo para que estos modelos comiencen a generar 
transformaciones en nuestra nocin de sujeto psicolgico y, por tanto, comiencen a 
proyectarse en pre dicciones y decisiones relevantes en el contexto de la psicologa de la 
ceguera.

1.3. La percepcin de la textura
      El trmino textura se refiere a la mayora de las propiedades fsicas del objeto, como 
la rugosidad superficial, la dureza, la elasticidad o la viscosidad, excluyendo la temperatura 
y la forma general. Por otro lado, aunque aparentemente deberamos contemplar la 
percepcin de la textura como un caso especial de percepcin hptica o activa, diversos 
trabajos han demostrado que el movimiento de las manos no aporta informacin til en la 
percepcin de la textura de un objeto, aunque efectivamente debe existir un movimiento 
relativo entre el mismo y la mano del sujeto. Por ejemplo, Lederman (1981, 1983) y Lamb 
(1983) pedan a sus sujetos que estimasen la rugosidad de una serie de superficies en dos 
condiciones experimentales distintas: en una de ellas el sujeto mova su dedo a travs de 
una superficie esttica, mientras que en la otra el sujeto mantena el dedo esttico mientras 
la superficie se mova bajo el r Los resultados de estos trabajos indican que no hay 
diferencias en el ajuste de las estimaciones de rugosidad entre ambas condiciones 
experimentales. As, pues, no podemos considerar en sentido estricto que el movimiento de 
las manos constituya una clave importante en la percepcin de la rugosidad y, por tanto, la 
percepcin de la rugosidad no debera entenderse como un caso de percepcin hptica. No 
obstante, en la vida cotidiana, y dado que la mayor parte de los objetos no se mueven, el 
sujeto debe mover sus manos si desea obtener informacin sobre la textura de un objeto. 
Cules son, entonces, las variables que determinan la percepcin de la rugosidad?
      Comencemos sealando que la mayor parte de los trabajos sobre percepcin tctil de la 
rugosidad h sido llevados a cabo con sujetos videntes con los ojos tapados y los pocos que 
han utilizado deficientes visuales se han centrado en cuestiones aplicadas, como la lectura 
braille o la construccin de mapas en relieve. Entre estos ltimos, algunos investigadores 
han encontrado, por ejemplo, correlaciones positivas entre el rendimiento en una tarea de 
lectura braille y una tarea de discriminacin de la rugosidad (p.e., Nolan Morris, 1960) y, 
aunque no disponemos de datos, es previsible que este tipo de tendencia se mantuviera si 
correlacionsemos el rendimiento en una tarea de discriminacin de la rugosidad con 
cualquier otra tarea que implique el despliegue de estrategias sistemticas complejas de 
exploracin tctil.
      Por otro lado, algunos de los trabajos sobre discriminacin tctil de la rugosidad 
llevados a cabo con videntes han sido diseados y ejecutados por investigadores 
interesados en la psicologa de la ceguera y aparecen profusamente citados a lo largo de 
este libro (Lederman o Taylor, por ejemplo). Por ltimo, conviene tener en cuenta que casi 
todos estos trabajos utilizaban como material estimular superficies estriadas en las que se 
haca variar sistemticamente atributos como la profundidad de las estras o la separacin 
entre las mismas. Teniendo en cuenta lo anterior, enumeramos a continuacin algunos de 
los resultados experimentales ms contrastados sobre percepcin de la rugosidad (Loomis 
y Lederman, 1986).
      En primer lugar, parece que el atributo estimular ms determinante en la percepcin de 
la rugosidad es la profundidad de las estras. La fuerza que se aplica en la exploracin del 
estmulo tambin influye decisivamente en la percepcin de la rugosidad, al menos dentro 
de un cierto rango. Adems, parece que el aumento de la temperatura de la piel mejora 
claramente la percepcin de la rugosidad. Por otro lado, si la profundidad de las estras se 
mantiene constante y se vara la profundidad del campo (la distancia entre los bordes que 
definen la estra y la superficie que los delimita) no parece que vare sustancialmente la 
sensacin de rugosidad. Tampoco parece que influya demasiado la velocidad de 
presentacin del estmulo, independientemente de que lo que se mueva sea el estmulo o la 
mano.
      Frecuentemente aparecen en la literatura referencias al hecho de que con algunos tipos 
de material la sensacin de rugosidad aumenta si entre la piel y el estmulo introducimos 
un material determinado, por ejemplo, una hoja de papel. Lo cierto es que este fenmeno 
no se produce con cualquier tipo de material y, en general, se acusa ms con frecuencias 
espaciales muy altas. El fenmeno, que ya menciona Katz (1925) en su libro sobre el tacto, 
debe ser interpretado en trminos de interferencias entre la estimulacin que proviene del 
desplazamiento del dedo sobre la superficie y la estimulacin que proporciona el patrn a 
examinar.
      Hasta ahora slo hemos hablado de la percepcin de la rugosidad y el trmino textura 
hace referencia, como ya hemos sealado, a otras propiedades, como la elasticidad, la 
dureza o la viscosidad. Lamentablemente estas otras propiedades texturales han recibido 
muy poca atencin por parte de los investigadores interesados en los mecanismos generales 
de la percepcin tctil y an menos por parte de los investigadores interesados en la 
psicologa de la ceguera.
      Para terminar, conviene sealar el hecho de que la textura de un objeto puede ser 
tambin inferida a partir de ndices acsticos, como se ha encargado de demostrar 
Lederman (1979). En efecto, siempre que la informacin tctil o visual resulta deficiente o 
ambigua para tomar una decisin, los sonidos producidos al tocar los objetos pueden ser 
utilizados con una cierta fiabilidad. En cualquier caso, si el sujeto dispone al mismo tiempo 
de informacin tctil clara y de ndices acsticos, tender a tomar decisiones sobre la base 
de la informacin tctil.

1.4. La percepcin de patrones complejos
      Intentaremos organizar el contenido de este epgrafe a partir de la distincin entre 
patrones de estimulacin bi y tridimesionales, aunque tal distincin no es estrictamente 
posible. En efecto, todo patrn tctil significativo debe ser necesariamente tridimesional. 
Cualquier dibujo o mapa en relieve contiene por definicin informacin tridimensional. En 
cualquier caso, esta distincin recoge la idea de que los patrones bidimensionales estn 
informativamente, y no perceptivamente, restringidos al piano, mientras que los patrones 
tridimensionales no lo estn.

La percepcin de patrones bidimensionales
      A partir del clebre trabajo de Gibson (1966), es muy frecuente encontrar en manuales 
y revisiones una clara distincin entre dos modos generales de percepcin tctil, el tacto 
pasivo y el tacto activo, o, genricamente, sistema hptico. Como es bien conocido, el 
trabajo de Gibson pretenda demostrar la superioridad del tacto activo sobre el pasivo en la 
percepcin de formas bidimensionalmente distribuidas. Como estmulos. Gibson utilizaba 
moldes para hacer galletas. En el caso d tacto activo, los sujetos exploraban libremente los 
moldes. En el caso del tacto pasivo, los moldes giraban sobre la palma de la mano de los 
sujetos. Efectivamente, Gibson encontr que los sujetos reconocan mejor las formas en el 
primer caso que en el segundo, pero dejaba sin explicar si el fenmeno se deba al control 
activo de la exploracin, a la contribucin de la informacin cinestsica o a la mayor 
resolucin perceptiva de los dedos con relacin a la palma de la mano.
      Diversos autores han intentado resolver la cuestin a partir de rplicas parciales al 
trabajo de Gibson (Schwartz, Perey y Azulay, 1975; Cronin, 1977; Helier, 1980). Aunque 
sigue sin existir un acuerdo absoluto sobre este asunto, lo que parece claro es que el trabajo 
de Gibson lo sobresimplificaba. Para que no quede duda, vamos a terminar esta reflexin 
inicial sobre la distincin tacto activo-tacto pasivo comentando un ingenioso experimento 
diseado por Magee y Kennedy (1980; cit. en Loomis y Lederman, 1986). En su primer 
experimento, hacen que en la condicin de tacto activo sus sujetos trace el contorno del 
dibujo de un objeto familiar con la yema de un dedo, mientras que en la condicin de tacto 
pasivo propio experimentador mova la mano del sujeto sobre e contorno. 
Sorprendentemente, el grupo pasivo llev a cabo la tarea de reconocimiento mejor que el 
activo. Aunque la interpretacin de los resultados no es demasiado clara, lo es su oposicin 
al planteamiento gibsoniano.
      Qu ventajas presenta, entonces, el tacto activo, si es que presenta alguna, y qu nos 
pueden aportar estas cuestiones sobre el problema de la percepcin tctil de forma en 
ciegos? Comencemos por lo segundo y seguramente encontraremos alguna pista sobre lo 
primero. En primer lugar, conviene recordar que son muy escasas las ocasiones en las que 
el sujeto percibe pasivamente en el entorno a travs de sus manos. Es probable, por tanto, 
que otras localizaciones corporales estn ms adaptadas filogenticamente para este tipo de 
funcin que las manos. En cualquier caso, existen ciertos positivos mecnicos (ver el 
captulo sobre lectura en este mismo volumen) que permiten la lectura de caracteres braille 
sin mover el dedo lector. Los errores que los sujetos cometen inicialmente se superan con 
la prctica. Por otro lado, mecanismos de sustitucin visual como el Optacon o el TVSS 
(Tactile Visual Sustitution System), sobre los nos extenderemos ms abajo, permiten 
recoger informacin espacial a travs del tacto sin necesidad de mover la mano o la zona 
del cuerpo que recibe la estimulacin vibrtil. Todo ello nos permite pensar que los ndices 
cinestsicos no son estrictamente necesarios en todos los contextos en los que se pone en 
marcha el proceso perceptivo tctil; ms bien parece que los movimientos estaran al 
servicio del proceso de bsqueda de atributos objetuales concretos. Existiran, entonces, 
movimientos especializados en el anlisis de los distintos atributos de los objetos (textura, 
volumen, forma, dureza, peso, etc.) y cuyo despliegue dependera parcialmente del nivel de 
categorizacin del objeto a percibir (Lederman y Klatzky, 1987). Existiran, adems, otros 
tipos de movimientos que ahora no analizaremos. En cualquier caso, algunos de estos 
movimientos se dan en la medida en que los objetos no se mueven. Esto es, en muchos 
casos no es tan importante la codificacin de los ndices cinestsicos cuanto el hecho de 
que la informacin que estimula nuestros receptores tenga un carcter secuencial. Este tipo 
de plantea miento resulta especialmente til para comprender cmo los ciegos perciben 
objetos tridimensionales, cuestin que abordaremos detenidamente ms abajo.
      El problema de la percepcin de informacin distribuida en el plano por parte de los 
ciegos cobra sentido pleno en la lectura braille, tema que ser objeto de un captulo 
completo en este libro; por ello, apenas s recibir atencin en este epgrafe. En cualquier 
caso, nos gustara poner de manifiesto algunos fenmenos tpicamente perceptivos en 
relacin a la lectura braille, centrndonos esencialmente en el problema de la legibilidad de 
los caracteres braille.
      En primer lugar, recogiendo los resultados de un original trabajo de Loomis (1981 a) 
comencemos desmitificando una vieja hiptesis respecto a la mayor legibilidad de los 
caracteres braille en relacin a otros tipos de caracteres. En efecto, tradicionalmente se ha 
afirmado que esta supuesta superioridad del braille se deba fundamentalmente a su 
naturaleza puntogrfica, que hipotticamente se ajustaba a la fisiologa de ciertos 
receptores tctiles. Loomis compara la legibilidad de los caracteres braille con caracteres 
tctiles continuos generados a partir de los primeros y no encuentra diferencias 
significativas. En realidad, aunque ste no es el lugar ms apropiado para desarrollarlo, la 
legibilidad de los caracteres braille depende de la capacidad de resolucin espacio-
temporal de los receptores cutneos (para una revisin, ver Loomis, 1981 b).
      No obstante, esta referencia a la resolucin temporal de los receptores cutneos, nos 
permite comentar algo acerca de la supuesta lentitud del sistema de procesamiento tctil. 
A partir de un paradigma de enmascaramiento, Craig (1982) encuentra que el sujeto puede 
informar de dos patrones de puntos presentados a travs de un Optacon y separa dos por un 
intervalo (SOA) mximo de 10 milisegundos. En este trabajo se usaron slo las primeras 
18 filas de la matriz vibrtil del Optacon, para formar las letras O y X, que eran 
presentadas al azar en cada uno de los ensayos. Antes o despus de la presentacin de una 
de tales letras, se presentaba el complemento de la misma (el resto de puntos de la matriz). 
Los datos indicaban que con intervalos menores de 10 milisegundos era posible una cierta 
resolucin entre la letra y su complemento. Supuesto este dato, se puede pensar que el 
tacto no es tan lento como se suele creer. La velocidad de lectura dependera ms 
probablemente de los sistemas de presentacin y de los macromovimientos manuales 
implicados en la lectura braille. Adems, esta idea nos permitira dar cuenta del incremento 
en la velocidad de lectura que se produce cuando se utilizan dispositivos que presentan los 
caracteres braille en cintas que se desplazan a gran velocidad bajo el dedo del sujeto, sin 
que el mismo tenga que llevar a cabo los movimientos habituales.
      Un comentario aparte merecen los trabajos sobre legibilidad de caracteres braille 
llevados a cabo por Nolan y Kederis (1969). Estos trabajos se proponan, por un lado, 
estimar la legibilidad relativa de los distintos caracteres y, por otro, averiguar qu 
caractersticas decidan la mayor o menor legibilidad de los mismos. Para ello, utilizaron 
un presentador de estmulos tctiles (taquistotactmetro) que permita establecer con una 
relativa fiabilidad los umbrales de legibilidad de dichos caracteres. Como resultado global, 
se encuentra que son ms difciles de leer aquellos caracteres que presentan ms nmero de 
puntos y aquellos que presentan puntos en la tercera fila de la clula.
      No obstante, el taquistotactmetro utilizado por Nolan y Kederis presentaba algunos 
problemas de diseo que afectaban a la precisin de los resultados obtenidos (ver Foulke, 
1982). Para resolver estos problemas, se ha diseado un nuevo aparato en el Perceptual 
Alternatives Laboratory, de la Universidad de Louisville, que presenta algunas ventajas 
sobre la versin anterior. En primer lugar, el nuevo dispositivo presenta slo una letra en 
cada exposicin. En segundo lugar, y puesto que cada punto de la clula est controlado 
por un solenoide independiente, los tiempos de exposicin pueden ser reducidos 
significativamente respecto al dispositivo utilizado por Nolan y Kederis, lo cual permite 
obtener medidas ms fiables y precisas de legibilidad. En tercer lugar, permite medir 
tiempos de identificacin de letras de manera tambin ms fiable y precisa. En este sentido, 
se le pide al sujeto que pronuncie en voz alta el nombre de la letra; esta seal acstica es 
recogida por un micrfono que para inmediatamente el cronmetro activado con la 
presentacin de letra y la hace desaparecer de la superficie de exposicin.
      Tal y como Foulke (1982) interpreta los trabajos de Nolan y Kederis, cuando se 
determina el tiempo mnimo de exposicin necesario para identificar una letra, se est 
midiendo en realidad la fraccin de tiempo necesaria para activar en la memoria a corto 
plazo una imagen de la letra percibida. Se entiende que el sistema debera emplear ms 
tiempo si el sujeto tuviera que llevar a cabo una tarea de categorizacin, es decir, de 
asignacin del registro activado en memoria a corto plazo a la categora a que pertenece.
      Chailman (1978) utiliza el aparato ideado en el Perceptual Alternatives Laboratory para 
determinar el tiempo necesario para identificar los caracteres cuya legibilidad haban 
estimado Nolan y Kederis (1969). Chailman pensaba que si la correlacin entre ambos 
tipos de medidas era baja, el tiempo de identificacin podra resultar un predictor ms 
adecuado de la velocidad de lectura que los tiempos de legibilidad, ya que un registro no 
puede ser til hasta que no es categorizado. Efectivamente, se encontr una correlacin 
baja entre ambas medidas (30), pero la hiptesis sobre la velocidad de lectura no puede ser 
puesta a prueba ya que los datos disponibles no preservan las diferencias individuales.
      Al margen de este hecho, ambos dispositivos presentan aparentemente un problema 
metodolgico relativamente serio: el dedo estimulado permaneca siempre esttico sobre la 
superficie de presentacin, cuando todo parece indicar que el movimiento lateral de la piel 
puede ser un ndice perceptivo importante en el proceso de lectura braille. En este sentido, 
Kilpatrick (citado por Foulke, 1982) utiliza un nuevo dispositivo de presentacin en el cual 
el dedo permanece esttico mientras una cinta que transporta caracteres braille se desplaza 
bajo el mismo. La prediccin lgica sera que mejorando las condiciones de presentacin, 
los umbrales deberan ser ms bajos que los encontrados por Nolan y Kederis, y, 
efectivamente, as fue. No obstante tal diferencia puede no ser considerada importante en 
cuenta que los sujetos utilizados por Kilpatrick eran adultos experimentados en lectura 
braille y los utilizados por Nolan y Kederis eran nios.
      El siguiente mbito en el que cobra sentido el anlisis de la percepcin de patrones 
bidimensionales en ciegos es la tecnologa del diseo de grficas de apoyo al aprendizaje o 
a la deambulacin. Aunque tales dispositivos grficos son utilizados con bastante profusin 
en la educacin de los nios ciegos y corno apoyo la deambulacin, existen muy pocos 
trabajos que intenten analizar de manera sistemtica cules son los factores que permitiran 
optimizar el diseo y el uso de los mismos (ver Schiff y Foulke, 1982). La mayor parte de 
las veces las grficas en relieve se limitan a reproducir directamente los patrones grficos 
en tinta, basndose implcitamente en la idea de que lo que funciona para la vista debe 
funcionar tambin para el tacto, idea difcil de admitir, incluso desde el sentido comn. 
Seguramente al lector se le habr ocurrido pensar en los problemas que le planteara a un 
ciego la decodificacin de la perspectiva o la posibilidad dc entender que un objeto oculte 
parcialmente a otro en la grfica.
      Afortunadamente, existen algunos grupos de investigadores que intentan superar este 
tipo de prejuicios a partir del anlisis de algunos de los procesos bsicos implicados en la 
percepcin de informacin en relieve. Especial relevancia cobran en este contexto los 
trabajos sobre el papel del movimiento en este tipo de situaciones. Esta lnea de 
investigacin resulta muy bien representada en los trabajos de S. Lederman y su grupo. 
Estos trabajos asumen la idea de que las representaciones que un sujeto elabora cuando 
explora un dispositivo en relieve se basan fundamentalmente en heursticos cinestsicos. 
Por ejemplo, la duracin de un movimiento exploratorio puede permitir una estimacin de 
la distancia lineal entre dos puntos; una forma concreta puede ser representada a travs de 
ndices relacionados con la actividad muscular implicada en su resolucin perceptiva o por 
los ndices angulares o goniomtricos que se derivan de las articulaciones.
      La tarea central de su trabajo (Lederman, Klatzky y Barber, 1985) exige del sujeto 
seguir con el dedo una ruta zigzagueante entre dos puntos y estimar la distancia en lnea 
recta (euclidiana) entre los mismos. Si el movimiento cumple un papel importante en la 
codificacin de la lnea recta, las variaciones mtricas en la ruta deberan afectar a las 
estimaciones de distancia euclidiana entre los dos puntos. Los resultados indican que, en 
efecto, todos los sujetos (ciegos congnitos, ciegos tardos y videntes) utilizaban 
heursticos cinestsicos para estimar la distancia euclidiana entre los dos puntos. De esta 
manera, a medida que la ruta aumentaba de longitud, la distancia euclidiana estimada entre 
el punto de partida y el punto de llegada se sobreestimaba cada vez ms claramente. Este 
efecto distorsionador era ms pronunciado en el caso de los ciegos congnitos que en el 
caso de los ciegos tardos y los videntes, lo cual sugiere que la experiencia visual puede 
contribuir a la estimacin de distancias a partir de la exploracin tctil. La cuestin es 
cmo interpretar estos resultados. Como antes apuntbamos, una posibilidad pasa por 
suponer que los sujetos estiman la distancia a partir de la duracin de los movimientos de 
los dedos. Otra posibilidad consiste en pensar que las estimaciones se basan en la distancia 
recorrida por los dedos. Aunque los datos no permiten decidir esta cuestin, no resulta 
difcil pensar en un hipottico diseo que s lo permita. En cualquier caso, parece 
conveniente entender ambas hiptesis como estrategias que pueden ser puestas en 
funcionamiento como consecuencia de diferentes variables. Por ejemplo, es probable que 
la utilizacin de un heurstico espacial resulte ms sencilla para sujetos con mayor 
experiencia visual.
      En la misma direccin apuntan los trabajos sobre estos temas de S. Millar (1985), si 
bien son trabajos an ms centrados en cuestiones representacionales. Se trata de analizar 
de qu depende la utilizacin de heursticos cinestsicos o espaciales, y su investigacin 
parte de una hiptesis segn la cual slo se ponen en funcionamiento heursticos 
cinestsicos cuando es difcil utilizar estrategias de codificacin espacial. Una implicacin 
de esta hiptesis es que los sujetos ms jvenes utilizarn ms heursticos cinestsicos, 
especialmente si se dificulta la utilizacin de estrategias de codificacin espacial (por 
ejemplo, cambiando la orientacin del cuerpo respecto al dispositivo en relieve). La 
hiptesis general tambin predice que los sujetos ciegos utilizarn ms frecuentemente 
heursticos cinestsicos que espaciales. Los resultados generales no permiten mantener la 
idea inicial y permiten pensar que el movimiento es una de las claves ms estables en la 
elaboracin de representaciones mentales sobre dispositivos tctiles bidimensionales.
      En cualquier caso, todo parece indicar que estos trabajos necesitan vincularse a 
situaciones prcticas silo que se pretende es ofrecer criterios rigurosos de construccin y 
utilizacin de grficos en relieve. Resulta curioso comprobar la enorme distancia que 
separa los trabajos tericos de los trabajos aplicados en este mbito. El rigor experimental 
de los trabajos que acabamos de comentar contrasta decididamente con la utilizacin de 
informes subjetivos, encuestas, la apelacin a la experiencia o a criterios racionales por 
parte dc los investigadores ms interesados en cuestiones aplicadas (para una revisin, ver 
Schiff y Foulke, 1982).
      Jansson (1988) ha recogido en un trabajo reciente los principales problemas que se 
plantean cuando tratamos de disear grficas en relieve para ciegos y, por tanto, los 
problemas que deberamos abordar de forma prioritaria. La gran variedad de tcnicas 
disponibles en la actualidad para elaborar soportes grficos para ciegos (plsticos o papeles 
en relieve, grficos derivados de aparatos de vdeo o de ordenadores en forma de patrones 
de puntos en relieve, etc.) debera llevarnos a un cierto optimismo. En realidad los grficos 
en relieve presentan un buen nmero de problemas: 1) como ya hemos sella lado, el 
original de los grficos en relieve suele ser de naturaleza visual; 2) es muy difcil conseguir 
una perspectiva global de la informacin disponible en un grfico; 3) generalmente 
contienen demasiada informacin; 4) necesitan incorporar informacin verdaderamente 
relevante para el tacto; 5) el mtodo que produce el grfico influye sobre sus propiedades 
perceptivas; 6) resultan, en cualquier caso, modos altamente arbitrarios de representar la 
realidad, especialmente en el caso de los ciegos congnitos. La mayor parte de estos 
problemas no tienen soluciones sencillas y requieren un esfuerzo investigador que an est 
por hacer.
      Un caso especial de percepcin de informacin a partir de patrones distribuidos 
bidimensionalmente lo constituyen los denominados sistemas de sustitucin visual, como 
el Optacon (OPtical-to-TActile CONverter) o el T.V.S.S. (Tactile Vision Substitution 
System). Ambos sistemas registran a travs de una cmara informacin espacial y permiten 
que el sujeto la perciba en una matriz de vstagos vibrtiles. En el caso del Optacon el 
sujeto percibe las vibraciones en un dedo, mientras que en el caso del T.V.S.S. lo hace 
sobre el pecho o la espalda. Lo interesante desde el punto de vista terico de este tipo de 
sistemas es que el sujeto puede imponer un cierto control sobre el proceso de extraccin de 
informacin espacial (moviendo la cmara en distintas direcciones) sin que cambie la 
superficie de la piel estimulada. En este sentido, pueden ser concebidos (Loomis y 
Lederman, 1986) como sistemas hpticos un poco especiales. Efectivamente, los trabajos 
de Bach-y-Rita y sus colaboradores (Bach-y-Rita, 1979; Bach-y-Rita, 1984; Epstein, 
Hughes y Schneider, 1986) han intentado mostrar que cuando los sujetos ciegos controlan 
la cmara durante un largo perodo de entrenamiento pueden dejar de ser conscientes de la 
estimulacin de la piel, comenzando a experimentar los objetos en un espacio 
fenomenolgico objetivo. Estas observaciones concuerdan con el punto de vista de Gibson 
(1966) o Katz (1925), punto de vista segn el cual, recordemos, el polo objetivo de la 
experiencia perceptiva predomina sobre el polo subjetivo cuando el sujeto ejerce un control 
activo sobre el acceso de informacin. Adems, Guarniero (1974), en un anlisis 
fenomenolgico de su proceso de entrenamiento en el uso del T.V.S.S., observ que 
cuando l controlaba la cmara era capaz de distinguir entre los movimientos de la imagen 
producidos por la cmara y los producidos por el movimiento del propio objeto, mientras 
que no era capaz de hacerlo cuando otra persona controlaba el movimiento de la cmara.
      El anlisis del T.V.S.S. proporciona un buen punto de partida para el estudio de lo que 
seguramente constituye una de las cuestiones centrales en la fenomenologa de la ceguera, 
esto es, el problema de lo que el propio Bach-y-Rita denomina atribucin de 
externalidad. El problema de atribuir externalidad a la estimulacin cutnea y otros 
problemas relacionados ser abordado con cierto detenimiento al final de este captulo en 
un apartado dedicado enteramente a la fenomenologa de la ceguera. En cualquier caso, y 
para terminar con este apartado, debemos sealar que an deber pasar bastante tiempo 
hasta que este tipo de sistemas resulten verdaderamente tiles y adaptativos en la vida 
cotidiana de los ciegos.

La percepcin de patrones tridimensionales
      Lamentablemente, y como hemos venido sealando en otros apartados, debemos 
recordar la escasez radical de trabajos que analicen de manera sistemtica los mecanismos 
que los ciegos ponen en marcha para percibir objetos tridimensionales. Esta penuria 
investigadora resulta tanto ms dramtica cuanto se siguen diseando objetos de apoyo 
para el aprendizaje de habilidades de la vida diaria o de actividades escolares, sin que tales 
diseos se justifiquen en criterios de construccin estables y claros. Si, como se ha puesto 
ya de manifiesto en el apartado anterior, parece importante investigar los mecanismos 
implicados en la percepcin de patrones bidimensionalmente distribuidos por su relevancia 
como soportes representacionales de informacin espacial, an debe ra resultar ms 
importante el anlisis de los procesos de los que depende el acceso a los objetos 
tridimensionales, ms bsicos desde el punto de vista adaptativo y que pueden cumplir, 
como veremos ms adelante, un papel importante en el proceso educativo de los 
deficientes visuales.
      Generalmente, cuando hablamos de percepcin tctil de objetos tridimensionales, 
reducimos el problema al anlisis de las situaciones en las que son los movimientos 
exploratorios de las manos los que proporcionan informacin sobre el objeto, olvidando 
que existen otras modalidades tctiles que nos permiten acceder a la informacin. En 
definitiva, confundimos frecuentemente percepcin tctil y lo que algunos autores con 
buen criterio denominan estereognosis manual, tomando la parte por el todo. En este 
contexto venimos entendiendo por percepcin tctil cualquier acto de conocimiento en el 
que la informacin sobre el objeto suponga un contacto fsico-mecnico con la superficie 
de nuestro cuerpo. En este sentido, y parafraseando la Tercera Ley de Newton, podramos 
decir que la percepcin tctil de un objeto depende de la resistencia que tal objeto opone a 
nuestra intencin de conocerlo.
      En cualquier caso, parece que todas las modalidades tctiles que desplegamos para 
conocer los objetos de nuestro entorno presentan como rasgo comn el nfasis en el control 
activo del sujeto sobre el proceso de extraccin de informacin. Esta afirmacin que 
aparentemente resulta muy intuitiva merece algn comentario adicional. De hecho, asumir 
de forma radical que lo fundamental en la explicacin de los procesos implica dos en la 
percepcin tctil de objetos es el control subjetivo supone, seguramente, tomar el 
movimiento de las manos como criterio de actividad y, en ltimo trmino, de control 
activo. En realidad, estamos probablemente ante un problema de naturaleza 
fenomenolgica, o, mejor, ante un problema fenomenolgico que genera un criterio de 
construccin terica. Aunque ms abajo volveremos sobre este argumento, retomamos la 
idea de que el control sobre la propia actividad manual depende, en sentido amplio, del 
nivel de categorizacin del objeto que tratamos de percibir. Todo parece indicar que 
cuando se accede perceptivamente a un objeto desconocido es su propia estructura fsica lo 
que determina la modalidad tctil y la estrategia especfica que debemos poner en juego 
(Lederman y Klatzky, 1987).
      En este apartado asumirnos que el concepto de estereognosis manual puede dar 
cuenta de manera correcta de la mayor parte de las estrategias que se activan cuando un 
ciego trata de percibir un objeto a travs de sus manos. En este sentido, la estereognosis 
manual pasara a ser concebida como una submodalidad perceptiva de la estereognosis 
tctil, concepto que se refiere genricamente a los procesos de percepcin tctil de objetos 
tridimensionales. Para justificar este argumento conviene recordar que algunas personas 
son capaces de utilizar activamente otras partes del cuerpo, como los pies, los ante brazos o 
las superficies sensoriales de la cavidad bucal, para acceder perceptivamente a los objetos 
de su entorno. La existencia de estas submodalidades tctiles alternativas no debera ser 
entendida como una mera ancdota; de hecho, el anlisis de las mismas debera ofrecer 
criterios para elaborar programas de intervencin. Adems, y al margen de las 
implicaciones ticas, las situaciones en las que un sujeto no puede utilizar funciones 
cognitivas importantes deberan ser entendidas como situaciones cruciales para poner a 
prueba nuestros modelos generales sobre el funcionamiento cognitivo humano.
      En cualquier caso, la informacin de que disponernos hasta ahora parece indicar que la 
capacidad de resolucin perceptiva de estas submodalidades alternativas es menor que la 
de otras submodalidades mejor adaptadas filogenticamente para acceder a la informacin 
ambiental. Por ejemplo, Weimberg, Lyons y Liss (1976, citado por Loomis y Lederman, 
1986) encontraron que en una tarea de reconocimiento de figuras geomtricas 
tridimensionales el porcentaje de aciertos era significativamente ms alto cuando los 
sujetos exploraban con las manos que cuando utilizaban mecanismos de estereognosis 
oral (99% y 74%, respectivamente.)
      Otra modalidad perceptiva tctil que ha recibido alguna atencin en la literatura ya 
desde el propio Katz es la percusin. La percusin es una tcnica fundamentalmente 
utilizada por los mdicos para examinar el estado de algunos rganos internos. Su 
estructura es bien conocida: el mdico sita un dedo sobre distintas zonas de la superficie 
corporal del paciente, mientras golpea con otro dedo de la mano libre sobre zonas del 
cuerpo ms o menos alejadas. La percepcin de las vibraciones reflejadas en los rganos 
internos permite tomar decisiones clnicas diversas. Katz mostr que algunas personas sin 
un entrenamiento especial en este tipo de modalidad eran capaces de discriminar de maneta 
adecuada la forma de algunos objetos introducidos en una caja simplemente golpeando las 
paredes de la misma, y lo hacan bien incluso cuando no disponan de informacin 
acstica. De todas formas, no disponemos hasta el momento de informacin acerca del 
funcionamiento de esta modalidad tctil en ciegos.
      Pero, sin duda, la modalidad tctil que cobra ms importancia en la percepcin de 
patrones tridimensionales es la que hemos denominado estereognosis manual que, de 
manera aproximadas podemos identificar con el sentido ms amplio del concepto de 
percepcin hptica. Los datos de que disponemos en la actualidad sobre los mecanismos 
implicados en la percepcin de patrones tridimensionales en ciegos son, desgraciadamente, 
escasos y en muchos casos contradictorios. En trminos generales, se puede mantener que 
los videntes suelen ser mejores que los ciegos en tareas de reconocimiento de objetos 
comunes (p.e. Ayres, 1966), tendencia que quizs pueda ser explicada en trminos de 
familiaridad con dichos objetos, especialmente si tenemos en cuenta algunos datas 
derivados de tareas en las que se utilizaban estmulos no familiares. Por ejemplo, 
Davidson, Barnes y Mullen (1974; cit. en Loomis y Lederman, 1986) les pedan a sus 
sujetos que explorasen un objeto slido tridimensional y lo identificasen posteriormente en 
un grupo de comparacin de tres o cinco objetos. Los ciegos congnitos adultos rendan al 
mismo nivel que los videntes cuando el grupo de comparacin pre sentaba slo tres objetos 
y eran claramente mejores con el grupo de comparacin de cinco objetos. Aparentemente, 
las estrategias de exploracin de los ciegos eran ms efectivas para aislar los rasgos 
distintivos de los objetos, y en la tarea ms compleja resultaba especialmente importante 
percibir tales rasgos. En todo caso, parece claro que al mismo nivel de familiaridad con los 
objetos las estrategias de exploracin de los ciegos resultan claramente ms efectivas que 
las de los videntes y esto es tanto ms acusado cuanto ms recursos atencionales exija la 
tarea. La cuestin, entonces, estriba en decidir si esta hipottica mayor efectividad de los 
ciegos cuando el nivel de familiaridad est controlado se debe, bien a una adecuacin fina 
de las estrategias de exploracin a las caractersticas de los objetos, bien es consecuencia 
de una optimizacin de los recursos atencionales, o se debe al hecho de que categorizan 
mejor que los videntes la informacin tctil.
      Por otro lado, las observaciones que recientemente hemos llevado a cabo en el seno de 
una investigacin sobre la enseanza de la Fsica a ciegos (Sevilla, Ortega, Bianco, 
Snchez y Snchez, en preparacin) nos permiten pensar que los ciegos utilizan cuando 
exploran objetos tridimensionales no familiares estrategias generales semejantes a las que 
utilizan los videntes. Como Zinchenko y Lomov (1960) pusieron de manifiesto en un 
trabajo ya clsico sobre las pautas de exploracin de objetos, parece necesario distinguir 
entre micro y macromovimientos. Los micromovimientos tienen la misin de mantener la 
excitacin de los receptores y las vas asociadas. Los macromovimientos son los realmente 
implicados en la adquisicin de informacin acerca del objeto y pueden ser divididos en 
dos categoras desde un punto de vista funcional: movimientos de exploracin y 
movimientos de bsqueda. Se observan, adems, dos fases de exploracin. En la primera 
fase, el sujeto explora el espacio tctil buscando el objeto de inters. Los movimientos 
durante esta fase san rpidos y continuos, por lo cual el uso de informacin tctil es 
mnimo. Durante la segunda fase, las manos buscan un punto de anclaje perceptivamente 
saliente en la estructura del objeto. En nuestras observaciones podido constatar que el 
punto de anclaje se elige por criterios estrictamente estructura les cuando el sujeto no 
puede atribuir significados o funciones concretas a los objetos. Cuando el objeto comienza 
a ser conocido y adquiere significado, el sujeto puede elegir como puntos de anclaje 
elementos funcionalmente relevantes para la comprensin y manejo del objeto, por 
ejemplo, el origen de ordenadas en un dispositivo didctico que modeliza un sistema de 
representacin tridimensional. Esta fase permite establecer la posicin relativa del objeto 
respecto al cuerpo en el espacio fenomnico tctil.
      Una de las funciones de los movimientos de bsqueda consiste en medir diversos 
aspectos del objeto, por ejemplo, usando como heurstico el tiempo empleado en ir de una 
parte a otra del objeto, como hemos sealado que ocurra en el caso de la percepcin de 
patrones bidimensionales. No obstante, algunas de nuestras observaciones nos permiten 
pensar que los procedimientos concretos que se pueden activar para inferir distancias entre 
puntos de un objeto o de un patrn bidimensional tienen mucho que ver con las exigencias 
de la tarea para la cual se lleva a cabo la secuencia de exploracin. Por ejemplo, hemos 
observado recientemente que los procedimientos de medida se pueden optimizar 
intencionalmente si la tarea lo requiere: el sujeto explora una maqueta de una isla con una 
serie de objetos distribuidos a lo largo de su superficie. Cuando el sujeto sabe que su tarea 
consiste en reproducir la disposicin original de los objetos sobre la isla es bastante 
frecuente que el sujeto ponga en marcha estrategias especficas de medida ms fiables que 
la pura estimacin del tiempo que tarda en cubrir los recorridos entre los objetos de la isla, 
por ejemplo, una estrategia tan evidente como contar los dedos o los palmas que caben 
entre dos objetos. Este tipo de estrategias han sido observadas tanto en ciegos como en 
videntes, aunque aparecen ms frecuentemente entre los primeros (Blanco y Colom, 1991). 
Un rasgo caracterstico adicional de esta fase de bsqueda, que se da de maneta semejante 
en el caso de la visin, es que las manos no palpan el objeto de manera uniforme y 
continua, sino que se paran cuando los dedos encuentran puntos crticos en el contorno del 
objeto (esquinas, bordes).
      A partir de esta aproximacin al problema de las pautas de exploracin tctil de objetos 
tridimensionales, no parece descabellado mantener con Lederman y Klatzky (1987) la 
hiptesis de que la mano comprende dos subsistemas que son, al menos conceptualmente, 
distintos: un subsistema sensorial, con receptores cutneos, trmicos y cinestsicos, que 
usamos para aprender acerca del mundo de los objetos, y un subsistema motor que nos 
permite manipular objetos. Aunque metodolgicamente podemos separar los movimientos 
exploratorios manuales de las entradas sensoriales, en realidad se trata de dos subsistemas 
interdependientes. Este planteamiento nos lleva probablemente a una posible conciliacin 
conceptual entre las nociones de tacto activo y pasivo, asumiendo que los distintos tipos de 
movimientos manuales san el resultado de la interaccin entre las entradas sensoriales 
(estructura fsica del objeto) y los intereses del sujeto.
      El modelo de Lederman y Kiatzky (1987) distingue, como hemos venido sugiriendo, 
entre aprehensin y reconocimiento. Por aprehensin se entiende el proceso por el 
cual un observador accede a las propiedades de un objeto y les confiere sentido en una 
unidad perceptiva. Reconocer, como el lector puede suponer, consiste en acceder 
perceptivamente a un objeto ya aprehendido y, por tanto, categorizado.
      La unidad de anlisis que el modelo utiliza es el procedimiento exploratorio 
(exploratory procedure), que se define como un patrn de movimiento estereotipado 
algunas de cuyas propiedades son invariantes y otras muy tpicas. Adems, no se 
presupone una correspondencia directa entre un procedimiento exploratorio y una 
configuracin especial de la mano, una presin fija, un receptor o un efector especficos. 
Pensemos, en este sentido, que el acceso perceptivo a los objetos tridimensionales supone 
la evaluacin de diversos atributos del objeto, algunos de los cuales, por as decirlo, se 
distribuyen en el plano y otros dependen del anlisis global del objeto. Por ejemplo, el 
anlisis perceptivo de la textura de un objeto o de una parte del mismo se lleva a cabo, 
generalmente, a partir de un movimiento lateral de los dedos en un mismo plano, mientras 
que el acceso perceptivo a la forma global supone la integracin de ndices cutneos que 
pueden pertenecer a distintos planos en el espacio fenomnico. Esta idea nos permite 
pensar que la percepcin tctil de objetos tridimensionales es, seguramente, el mejor 
contexto emprico para analizar los mecanismos implicados en la percepcin tctil, 
permitiendo, como ya hemos insinuado, una integracin conceptual del tacto activo y 
pasivo. De hecho, parece que los procedimientos exploratorios (elementos del tacto activo) 
podran ser concebidos como procedimientos controlados por el sujeto (intencionales, en 
cierto modo) que posibilitan el acceso a indicadores perceptivos de bajo nivel (cutneos, 
articulares) que cursan, por as decirlo, a un nivel subpersonal. El modelo ha sido puesto a 
prueba en sucesivos trabajos (Klatzky, Lederman y Metzger, 1985; Lederman y Klatzky, 
1987; 1990; Klatzky, Lederman y Reed, 1987; 1989), pero siempre utilizando sujetos 
videntes, aunque, sin duda, puede resultar de enorme utilidad en el anlisis de la 
percepcin tctil en ciegos.

1.5. El desarrollo de la sensibilidad cutnea
      Un anlisis global de los datos disponibles permite pensar que en la mayor parte de las 
tareas relacionadas con lo que tradicionalmente se entiende por sensibilidad cutnea (tareas 
de umbrales tctiles, tareas de localizacin de puntos estimulados en la piel, etc.), los nios 
ciegos suelen ser mejores o iguales que los videntes. Zimtsova (cit. por Ananiev, 
Iarmolenko, Lomov y Veker, 1967) encontr, adems, que el umbral inferior de 
discriminacin tctil en la yema del dedo ndice derecho es ms bajo en los nios ciegos 
lectores de braille que en los nios videntes. En la mayor parte de los estudios no se llevan 
a cabo anlisis propiamente evolutivos, aunque algunos de ellos parecen indicar que la 
sensibilidad tctil de los nios ciegos mejora con la edad y que las diferencias respecto a 
los videntes resultan ms notables entre adolescentes (Renshaw, Wherry y Newling. 1930).
      Por otro lado, las tareas de discriminacin de texturas son, en general, ejecutadas con la 
misma habilidad por los nios videntes y los nios ciegos. Adems, esta habilidad parece 
mejorar con la edad, especialmente a partir de los 7 aos.
      A pesar de la escasez de trabajos sobre estas cuestiones, los datos nos permiten pensar 
que estas funciones perceptivas tambin estn sometidas a evolucin, aunque no podemos 
determinar claramente los factores que la ocasionan. Por un lado, podramos pensar en que 
las tareas de umbrales y de localizacin de puntos de la piel estimulados la evolucin 
puede estar marcada por el incremento progresivo de la densidad de receptores de presin 
perifricos, aunque no existen datos claros al respecto Faltan estudios histolgicos que 
permitan establecer las pautas que sigue el desarrollo anatmico de los receptores cutneos 
y faltan, tambin, estudios funcionales sobre estas cuestiones que se extiendan a rangos de 
edad ms amplios. Uno de los problemas ms serios de esta segunda opcin tiene que ver 
con el hecho de que los procedimientos experimentales que utilizan los estudios que 
venimos comentando se basan casi siempre en los informes verbales de los sujetos, cuya 
fiabilidad y viabilidad a edades tempranas debe ser puesta en duda. En este sentido, podra 
ser factible utilizar con ms frecuencia paradigmas experimentales que se han mostrado 
interesantes en el estudio del desarrollo perceptivo visual o auditivo con nios videntes, 
por ejemplo, los procedimientos de habituacin, condicionamiento y medida de variaciones 
en las respuestas autonmicas.
      Parece, por otro lado, que el desarrollo de la percepcin de la textura no tiene por qu 
seguir un curso paralelo al que siguen las funciones comentadas anteriormente. Aunque 
muchos autores analizan la textura como una forma de sensibilidad tctil (Warren, 1978) 
algunos trabajos recientes han puesto de manifiesto la enorme importancia de la actividad 
del sujeto en la percepcin de las caractersticas de los objetos a las que, en conjunto, 
denominamos textura (Lederman, 1981; 1.83). Parece, en este sentido, que el desarrollo de 
la percepcin y discriminacin de texturas puede estar ms ligado que las funciones 
propiamente psicofsicas a la evolucin de pautas de exploracin de los objetos, que, a su 
vez, deberan ser analizadas como expresin, seguramente, del desarrollo cognitivo 
general, como veremos en el captulo correspondiente.

1.6. El desarrollo de la capacidad de discriminacin tctil
      Aunque la nocin de discriminacin es muy amplia, slo incluimos aqu los resultados 
de tareas en las que el sujeto puede disponer simultneamente de los dos o ms tems sobre 
cuya semejanza debe emitir un juicio. Aunque la discriminacin de letras braille ha sido 
con frecuencia utilizada como procedimiento experimental, consideramos que este tipo de 
trabajos implican la puesta en funcionamiento de procesos categoriales que deben ser 
analizados en otros contextos (ver epgrafe sobre percepcin de patrones bidimensionales 
en este mismo captulo y captulo sobre lectura braille).
      Veamos, en primer lugar, qu es lo que ocurre con la discriminacin de la forma. A 
juzgar por los estudios disponibles, no parece desatinado pensar que la discriminacin 
tctil de la forma, especialmente cuando se utilizan tems u objetos desconocidos para los 
nios, est muy relacionada con el dominio de estrategias de exploracin y, por tanto, con 
aspectos ms generales del desarrollo cognitivo, idea que se sostiene en base a dos 
argumentos empricos. Por un lado, no se han encontrado diferencias entre ciegos y 
videntes en este tipo de tareas (Schwartz, 1972; Pick y Pick, 1966). Por otro lado, algunos 
autores han encontrad altas entre la ejecucin en tareas de discriminacin tctil, cociente 
intelectual (Crandell et al., 1968), edad mental (Hammill y Crandell, 1969) y lectura braille 
(Weiner 1966; cit. por Warren, 1984). Por ltimo, parece que el desarrollo de la capacidad 
de di de formas en los nios ciegos sigue un curso no acumulativo, no apareciendo mejoras 
significativas desde el primer grado hasta el cuarto grado (Morris y Nolan, 1961).
      Por el contrario, el desarrollo de la capacidad de discriminar entre distintas longitudes 
no parece estar tan ligado al desarrollo cognitivo general como la discriminacin de formas 
(Duran y Tufenkjian, 1970). Por otro lado, algunos autores encuentran que los nios ciegos 
discriminan tamaos y longitudes con mayor precisin que los videntes (Sato y Anayama, 
1973), si bien la tendencia a sobreestimar estos parmetros aumenta con la edad entre los 
nios ciegos y no entre los videntes (Block, 1972). Por ltimo, Morris y Nolan (1961) 
encontraron que las longitudes menores de 0,75 pulgadas eran mal discriminadas en todos 
los grupos de edad utilizados (de primer a decimosegundo grado).
      Los datos respecto al desarrollo de la discriminacin de pesos son muy escasos y, en 
algn sentido, contradictorios, aunque generales, podemos sealar que no se produce 
ninguna mejor entre 8 y 14 aos y qu1o ciegos suelen ser mejores que los videntes en este 
tipo de tareas (Block, 1972). 
      En general, podemos sugerir que las distintas tareas de discriminacin difieren en 
cuanto a su grado de permeabilidad respecto al desarrollo cognitivo general del nio. De 
este modo, se puede postular una suerte de jerarqua o gradiente de permeabilidad que 
parte de las funciones ms bsicas, como la percepcin del tamao, el peso o la longitud, 
relativamente independientes del desarrollo cognitivo, y que llega hasta las funciones ms 
complejas e indeterminadas, como la percepcin de la textura, la forma o la identificacin 
del objeto. Existe un conjunto de fenmenos cuya naturaleza oscila entre lo perceptivo y lo 
representacional. Nos referimos a las ilusiones perceptivas. Algunos trabajos han 
demostrado que ilusiones aparentemente visuales, como el fenmeno de Mller-Lyer, se 
producen tambin a travs del tacto, independientemente del status visual (Over, 1966), lo 
cual resulta difcil de explicar si no se alude a un cierto espacio o mecanismo de 
representacin amodal o intermodal, que funciona correctamente cuando la tarea es 
relativamente bsica, como la estimacin de la longitud en el plano, y que comienza a 
fallar cuando la tarea exige del sujeto ciego la puesta en funcionamiento de mecanismos 
que operan en tres dimensiones y con parmetros difciles de estimar. Como veremos a lo 
largo del captulo, este planteamiento es bueno para el caso de la percepcin tctil, pero 
requiere modificaciones serias para su ajuste a la percepcin visual. A la base de estos 
problemas de ajuste est el papel fundamental de la actividad en la percepcin tctil 
(Ananiev, Iarmolenko, Lomov y Veker, 1967) y algunas otras cuestiones que abordaremos 
cuando hablemos de la fenomenologa de la percepcin tctil.

2. El sistema vestibular
      El sistema vestibular detecta la posicin y el movimiento del cuerpo en el espacio a 
partir de la informacin suministrada por receptores situados en estructuras especializa das 
que forman parte del odo interno. Este tipo de informacin pasa por lo general 
desapercibida, pero resulta bsica para los mecanismos que mantienen la postura y la 
coordinacin de los movimientos. En sujetos normales parece producirse una puesta en 
comn entre la informacin vestibular, la cinestsica y la visual en ambas funciones. La 
carencia de la vista otorga a los receptores vestibulares un papel crucial.
      El odo interno consta de dos partes denominadas laberinto seo y laberinto 
membranoso. El laberinto seo consiste en una serie de cavidades situadas en la regin 
petrosa del hueso temporal, que alberga en su interior un complejo de sistemas de 
membranas. Las formas que adoptan los laberintos son de tres canales semicirculares y dos 
cavidades o sacos  el utrculo y el sculo -, a cada lado, donde se encuentran las clulas 
receptoras del equilibrio, y un caracol  la cclea  donde se ubican las clulas receptoras 
auditivas. Estas estructuras estn rellenas de lquidos: perilinfa en las zonas que limitan con 
las paredes duras y endolinfa en las internas, de paredes membranosas (ver la parte 
superior de la figura 3.8). 

FIGURA 3.8. Laberinto membranoso y organizacin de la cresta ampular y la mcula. 
(Modificado de Goss: Grays anatomy of the human body. Filadelfia, Lea & Febiger, 
modificado de Kolmer por Buchanan: Functional neuroanatomy. Filadelfia, Lea & 
Febiger). (Guyton, 1988, p. 255).

      En el hombre, los canales o conductos semicirculares estn dispuestos en ngulos de 90 
grados y orientados en sentido horizontal (realmente hay que inclinar la cabeza unos 30 
grados para que se disponga de forma paralela al suelo), anterior o superior y posterior. El 
canal superior se une al posterior, que se abre luego al utrculo donde desemboca tambin 
el canal horizontal. En la zona interna de cada conducto hay un ensanchamiento donde el 
epitelio aparece ms engrosado que recibe el nombre de ampolla, donde se lo caliza la 
cresta amputar formada por las clulas receptoras y de sostn. Los receptores son clulas 
ciliada con pelillos (de 40 a 69 por clula), de los que uno  el cinocilio , situado en un 
extremo, es mvil y grande y, el resto  los  estereocilios , finos y pequeos tanto ms 
cuanto ms lejos estn del cinocilio. Los pelillos estn inmersos en una masa gelatinosa 
llamada cpula, que, cuando se desplaza empujada por los desplazamientos de la endolinfa 
inclina los pelillos y barre la pared de la ampolla. Cuando los estereocilios se inclinan 
sobre el cinocilio se produce actividad elctrica en el receptor y en el caso contrario, 
bloqueo. En los canales horizontales, los cinocilios estn orientados hacia la lnea media 
del cuerpo y, en los dos restantes, hacia afuera. Los receptores pueden recoger giros de la 
cabeza realizados a velocidad creciente o decreciente en las tres dimensiones del espacio, 
aunque existen otros tipos de receptores que recogen slo cambios en la direccin de los 
giros. La sensibilidad direccional del receptor y, por tanto, del canal viene dada por la 
posicin del cinocilio. Las seales elctricas se transmiten desde los receptores a fibras 
nerviosas dispuestas en la base de los receptores.
      El conducto semicircular superior del lado derecho cae en el mismo piano que el 
posterior izquierdo y el anterior de lado izquierdo en el mismo plano que el posterior 
derecho. De hecho, los canales semicirculares trabajan en parejas: cuando la cabeza gira, 
por ejemplo, de derecha a izquierda, la endolinfa sigue el movimiento y empuja a los 
estereocilios del canal horizontal izquierdo sobre el cinocilio, y los del canal horizontal 
lado derecho en la direccin opuesta. Por ello, las fibras nerviosas que inervan los 
receptores del canal izquierdo se excitan y las del lado derecho se inhiben. Como es tas 
fibras transmiten estas seales hacia el encfalo, los centros vestibulares reciben in 
formacin del giro efectuado por dos indicadores: aumento de actividad en un lado y 
disminucin en el otro. Ms difcil resulta de entender la cooperacin entre los canales 
superiores y posteriores. Parece que el giro de la cabeza hacia delante y a la derecha 
desencadena actividad del canal superior derecho y provoca bloqueo en el posterior 
izquierdo. La cooperacin aqu es, pues, diferente (ver parte inferior de la figura 3.8).
      El utrculo y el sculo contienen receptores de gravedad y de desplazamientos une ates, 
hacia delante, atrs, arriba, abajo o lateralmente, realizados tambin a velocidad creciente o 
decreciente. Sus receptores, tambin clulas pilosas, dispuestas entre clulas de sostn, se 
agrupan en la mcula, zona engrosada del epitelio. Encima de la mcula utricular y a un 
lado de la sacular se sitan sendas masas gelatinosas, aplanadas en este caso, que contienen 
cristales de carbonato de calcio u otolitos. Cuando la cabeza se inclina o se produce un 
desplazamiento linear a velocidad no uniforme, la endolinfa hace que la masa gelatinosa y 
los pelillos de los receptores sintonizados a la direccin del movimiento entren en contacto, 
se produce una inclinacin de los pelillos en una determinada direccin y se desencadena o 
se bloquea la actividad elctrica que afecta a fibras nerviosas. En estas cavidades los 
cinocilios de los receptores estn orientados a una lnea de demarcacin denominada 
estriola cuya curvatura permite cubrir un amplsimo rango de direcciones a cada una de las 
cuales es sensible un grupo de receptores.
      Las fibras nerviosas que reciben los estmulos tienen sus cuerpos celulares en un 
ganglio llamado de Scarpa, situado en las inmediaciones del odo interno, desde donde se 
trasmiten estas seales hasta el sistema nervioso central. Estas fibras forman parte del VIII 
par craneal o nervio estatoacstico pero en este caso las fibras vestibulares terminan en los 
ncleos vestibulares, en tanto que las auditivas lo hacen en los cocleares. Cuatro son los 
ncleos que relevan informacin vestibular a cada lado del tronco cerebral, cada uno de los 
cuales presenta rasgos funcionales especficos. As, en el ncleo vestibular lateral, que 
recibe mensajes desde el utrculo, algunas neuronas procesan las seales referentes a 
inclinaciones de la cabeza hacia un lado, otras a otro, y la magnitud de su respuesta se 
relaciona con el tamao del ngulo de la inclinacin. Estas neuronas son sensibles a la 
direccin. Otras, en cambio, estn influidas directamente por el cerebelo, un centro motor, 
entre cuyas funciones se cuentan contribuir al mantenimiento del equilibrio, de forma que 
en el ncleo vestibular lateral convergen mensajes sensoriales referentes a la posicin de la 
cabeza y, por tanto, del cuerpo, y mensajes motores, y se originan rdenes que determinan 
el grado de contraccin o la relajacin de la musculatura flexora que depender del cambio 
de posicin detectado en el utrculo.
      Los ncleos vestibulares superiores y mediales reciben, y procesan, seales referentes 
a giros de la cabeza e influyen en centros motores que gobiernan los movimientos de los 
ojos, influyendo as en la direccin de la mirada. Por ejemplo, cuando la cabeza gira de 
derecha a izquierda en el piano horizontal, los receptores del canal horizontal derecho se 
inhiben y los correspondientes del lado izquierdo se activan. Una vez ambas seales 
alcanzan los ncleos vestibulares superior y medial contralaterales, se envan rdenes que 
determinan la contraccin de los msculos responsables de que el ojo derecho se desplace 
en sentido medial, esto es, hacia la izquierda, y e izquierdo en sentido lateral, tambin 
hacia la izquierda, y la relajacin de los msculos que operan en sentido contrario. 
Consecuentemente, cuando la cabeza gira de derecha a izquierda los ojos lo hacen de 
izquierda a derecha de forma involuntaria y compensan el cambio de posicin de la 
cabeza, contribuyendo a mantener el piano de la mirada estable. De la misma forma el giro 
de los cabeza de izquierda a derecha provoca el de los ojos de derecha a izquierda, y el 
verificado en sentido posterior-anterior, el de los ojos hacia arriba, y viceversa. En el 
control de los movimientos de los ojos influyen tambin otro tipo de seales como las 
visuales y las del cerebelo, como centro coordinador del movimiento, a la luz de a 
informacin sensorial recogida por distintos canales sensoriales. Tambin estos ncleos 
vestibulares, de forma involuntaria, pueden influir en la postura, a travs de la contra o 
relajacin de los msculos del cuello y d la espalda, haciendo que la cabeza mantenga una 
posicin ajustada a la del resto del cuerpo y tratando de restaurar el equilibrio corporal 
cuando se halla amenazado.
      El otro ncleo vestibular el inferior recibe mensajes procedentes de todas las zonas 
receptoras vestibulares a del cerebelo (ver figura 3.9).

FIGURA 3.9. Conexiones de los nervios vestibulares en el sistema nervioso central. 
(Guyton, 1988, p. 257)

      El cerebelo coordina las contribuciones visuales, vestibulares y las del sentido 
muscular al conocimiento de la posicin del cuerpo y de la cabeza. En los sujetos 
privados de vista estos dos ltimos sentidos resultan primordiales, en cuanto desencadenan 
respuestas correctoras de desequilibrios. La ayuda del bastn como instrumento detector de 
los accidentes en el mbito de desplazamiento se podra situar en un plano preventivo de 
tales desequilibrios. No obstante, la experiencia visual permite la elaboracin de imgenes 
del espacio familiar de enorme utilidad para la deambulacin aunque estos mapas 
espaciales parecen elaborarse a expensas de informacin auditiva y muscular 
(propioceptiva o cinestsica).
      Sealemos por ltimo que las seales vestibulares tambin alcanzan la corteza cerebral, 
va ncleo ventral posterior del tlamo, y pueden acceder as a la conciencia. La regin 
cortical asignada al procesamiento vestibular coincide con la de la sensibilidad general de 
la cabeza, en el lbulo parietal, aunque otras regiones del lbulo temporal, donde se 
localiza la corteza auditiva, y del lbulo frontal, concretamente las que controlan los 
movimientos intencionales de los ojos parecen recibir informacin vestibular.
      Lamentablemente, y a pesar de la enorme importancia de la informacin vestibular en 
la mayor parte de las situaciones que abordamos en este libro, no hemos encontrado ningn 
trabajo en el que se analice de maneta sistemtica la manera en que los invidentes utilizan 
este tipo de informacin. En el mejor de los casos, se suele sealar que su contribucin es 
fundamental en la deambulacin y en la construccin de representaciones espaciales, pero 
parece necesario que dicha contribucin se especifique ms all de lo que nos indica el 
sentido comn o la extrapolacin a los ciegos de las datos obtenidos con videntes.

3. El papel de la percepcin auditiva
El anlisis de las funciones de la percepcin auditiva en los ciegos ha recibido, 
seguramente, menos atencin de la que se merece. Adems de las funciones que la 
percepcin auditiva tiene habitualmente en cualquier persona oyente, en los deficientes 
visuales presenta algunas peculiaridades de uso que merecen ser tenidas en cuenta. El odo 
permite, por ejemplo, que el deficiente visual discrimine sonidos, localize, detecte ,y evite 
obstculos, o que identifique personas u objetos. La consideracin de todas estas 
cuestiones ha permitido tomar medidas concretas con el fin de mejorar el ajuste del ciego 
al medio. Todo ello ser abordado ms abajo. Antes, vamos a revisar algunas nociones 
bsicas sobre la anatoma y la fisiologa del sistema auditivo.

3.1. Anatoma y fisiologa del sistema auditivo
      En el hombre el sistema auditivo est equipado para la captacin de sonidos 
comprendidos en un amplio margen de frecuencias, para la discriminacin entre sonidos de 
distinta intensidad y para la localizacin de la fuente sonora. Tiene especial relevancia pues 
posibilita el aprendizaje espontneo del lenguaje y resulta, por tanto, indispensable para la 
comunicacin verbal. Para los sujetos ciegos cobran importancia fundamental las 
funciones para las que originariamente se desarroll: la deteccin de la presencia de 
personas o objetos merced a incrementos o disminuciones de sonoridad de los propios 
pasos al aproximarse o alejarse de aquellos y la determinacin de la distancia a que se 
encuentran dichos objetos, como si se tratara de un sistema de sonar. El odo le dice al 
ciego parte de lo que el sistema visual no le puede ofrecer, especialmente sobre aquello que 
est fuera de la posibilidad de un contacto fsico directo.
      Antes de comenzar a describir el sistema auditivo, comentaremos brevemente algunas 
de las propiedades de las ondas sonoras (ver figura 3.10). Cuando se dice que los sonidos 
viajan por el aire se alude a que las vibraciones generadas, por ejemplo, por el motor de 
un coche al ponerse en marcha producen variaciones de presin en el aire en forma de 
ondas sinusoidales. La cresta de las ondas corresponde a las condensaciones o 
compresiones de aire, y el seno de las ondas a las descompresiones o rarefacciones, de tal 
forma que una condensacin origina una rarefaccin y sta, a su vez, una nueva 
condensacin, proceso que se repite hasta la extincin de la onda. Aunque la velocidad de 
transmisin de las ondas sonoras es constante, aproximadamente unos 335,5 metros por 
segundo, el nmero de vibraciones (estos es, de ondas) es variable: el nmero de ciclos de 
los sonidos de alta frecuencia  agudos  es superior al de 500 (Herzios) por segundo ; y el 
de los de baja frecuencia  graves  est comprendido entre 20 y 500. La naturaleza del 
agente que vibra, su elasticidad, etc., determinan esta caracterstica de los sonidos: el tufo. 
La amplitud de los sonidos viene dada por la intensidad o fuerza de la vibracin y, en la 
onda, por la distancia entre los picos de cada condensacin y rarefaccin subsiguiente. La 
unidad de amplitud es el decibelio, que equivale a la intensidad de un sonido de 3000 Hzs, 
que es mnimamente audible. En su viaje por el aire las ondas sonoras se deforman al 
chocar con los objetos, tanto ms cuanto menor es su tamao, y pierden intensidad a 
medida que se alejan de la fuente sonora. Tono e intensidad determinan la sonoridad de los 
sonidos, que se debe considerar una cualidad psicolgica. No existe una relacin directa 
entre t000 e intensidad respecto a la sonoridad, sino que vara a lo largo del espectro 
audible. En general, a intensidad constante los tonos ms graves y los ms agudos se 
perciben ms dbilmente. A frecuencia constante los sonidos ms intensos se perciben 
como ms ruidosos. Realmente la mayora de los sonidos que percibimos estn compuestos 
de mltiples vibraciones sencillas que nuestro sistema auditivo analiza por separado. Por 
ejemplo, cuando omos una meloda interpretada por una orquesta podemos percibir 
separadamente cada uno de los instrumentos aunque sus vibraciones se generen 
simultneamente.
      Pasemos ahora a describir nuestro aparato auditivo. El odo se divide en tres partes: 
odo externo, odo medio y odo interno (ver figura 3.11). En el odo externo se incluyen el 
pabelln auditivo u oreja y el conducto auditivo o tubo auditivo. El primero est adaptado 
por su forma para recoger de manera adecuada las ondas sonoras, aunque en el hombre ha 
perdido la capacidad para orientarse hacia la fuente de sonido como ocurre en otros 
animales. El conducto auditivo mide unos 3 cms., conduce las vibraciones del aire hacia el 
medio y protege la membrana del tmpano mediante un doble dispositivo: el 
distanciamiento del exterior y la secrecin de cerilla repelente para los insectos. En este 
conducto se produce la amplificacin de la intensidad de algunos sonidos cuando alcanzan 
el extremo cerrado del tubo y se reflejan y refuerzan las ondas que van llegando. La 
membrana del tmpano, abocinada, con su concavidad orientada hacia abajo y hacia fuera y 
con un rea de unos 6 cm cierra el conducto auditivo externo y lo aisla del odo medio.

FIGURA 3.10. Definiciones de los parmetros del sonido. En la parte superior, un cuerpo 
en vibracin tira del aire que lo rodea y lo empuja alternativamente, creando ondas de 
condensacin y enrarecimiento que lo dispersan del cuerpo. Debajo se encuentran tres 
representaciones sinusoidales de la presin de aire a cada distancia de la fuente de la 
vibracin. La longitud de onda es el producto del perodo de vibracin y la velocidad del 
sonido; una mayor frecuencia de vibracin, una frecuencia de sonido. (Bridgeman, 1988, p. 
114)

FIGURA 3.11. Anatoma macroscpica del odo. Una de las razones que explica la 
sensibilidad restringida de frecuencias de la audicin humana es el filtrado fsico de las 
ondas sonoras que tiene lugar mientras el sonido viaja a travs del conducto auditivo 
externo entre la oreja y el tmpano. La cclea y los canales semicirculares (los rganos 
vestibulares) estn encerrados en una concha de hueso duro. (Bridgeman, 1988, p. 420).

      El odo medio es una cavidad pequea, de unos 2 cm de volumen, que se comunica con 
las fosas nasales y, a travs de ellas, con el medio exterior por medio de la trompa de 
Eustaquio. Este contacto con el exterior posibilita el intercambio de gases y evita el vaco 
en el odo medio, de forma que la cadena de huesecillos que contiene puede vibrar ante las 
vibraciones de la membrana del tmpano sobre la que se apoya el primero de ellos, el 
martillo. Las vibraciones en el martillo se transmiten sucesivamente hacia el yunque, el 
lenticular y el estribo, que vibra sobre la membrana de la ventana oval, que limita con el 
odo interno. La disposicin de las membranas y los huesos cumple una funcin 
primordial: compensar la distinta resistencia de las vibraciones en los medios areos, en el 
que se producen inicialmente, y lquido, que baa el odo interno. Los huesos actan como 
un sistema de palancas que disminuye la amplitud e incrementa la fuerza de las 
vibraciones. Este mismo efecto se obtiene gracias a la diferencia de tamao de ambas 
membranas  la de la ventana oval es unas veinticinco veces menor que la del tmpano  . 
Como consecuencia, las vibraciones se adecan a la superficie vibratoria y no se pierden. 
Son los tonos graves, en virtud de su mayor longitud de onda, los ms afectados en el odo 
medio. En esta seccin del odo dos pequeos msculos evitan posibles daos a las 
estructuras del odo interno debidos a sonidos muy intensos de baja frecuencia. El tensor 
del tmpano, cuando se contrae, retrae esta membrana hacia el interior, y el estapedio hace 
lo propio con el estribo, de forma que disminuye la superficie vibratoria y aumenta la 
rigidez de la cadena de huesecillos. Este sistema permite atenuar tambin los sonidos de 
fondo, atender a los de alta frecuencia fundamentales en la comunicacin verbal, y elimina 
las interferencias de los sonidos de nuestra propia voz.
      El odo interno se ha desarrollado a partir de una cavidad vestibular llamada lagena que 
ha adoptado la forma de un caracol  la cclea . La cclea corista de tres tubos llamados 
rampa vestibular, conducto coclear y rampa timpnica, separados entre s por membranas 
de  Reissner y basilar  y enrollados dos vueltas y media sobre s mismos. La rampa 
vestibular est separada del odo medio por la membrana de la ventana oval por un 
extremo y se comunica en el otro extremo, helicotrema o pice del caracol, con la rampa 
timpnica que, a su vez, se prolonga hasta la membrana de la ventana redonda, pequeo 
orificio que se abre hacia el hueso temporal, situada en un plano inferior a la ventana oval. 
Ambas rampas estn rellenas de perilinfa, fluido similar a otros de los existentes en el 
exterior de las clulas. El conducto coclear contiene el rgano de Corti, que se apoya sobre 
la membrana basilar, baado en cortilinfa, lquido de composicin similar a la perilinfa. El 
espacio del conducto coclear dispuesto entre la membrana de Reissner y el lmite superior 
del rgano de Corti  la membrana tectorial  est ocupado por endolinfa, fluido similar al 
intracelular (ver figuras 3.12 y 3.13).
       La membrana basilar juega un importante papel en la codificacin del tono de los 
sonidos gracias a las caractersticas diferenciales locales de las clulas que la integran. 
Todas ellas pueden vibrar, pero las de la base del caracol son ms cortas, firmes y, por 
tanto, aptas para responder a frecuencias altas, en tanto que en el helicotrema son ms 
anchas y se adecuan a vibraciones de baja frecuencia. En el rgano de Corti hay distintos 
tipos de clulas: receptoras  clulas ciliadas o con pelillos , falngicas y de sostn, 
dispuestas a ambos lados del tnel de Corti, formado por los rgidos pilares del mismo 
nombre, que se contina por la zona superior en la lmina reticular. Las clulas receptoras 
se distribuyen desigualmente a ambos lados del tnel, siendo ms abundantes en la zona 
externa que en la interna. Los pelillos de las clulas auditivas atraviesan la lmina reticular 
y las de la zona externa se fijan en la gelatinosa membrana tectorial, fijacin que limita los 
desplazamientos de estas clulas al vibrar y que fuerza a que dicha membrana se desplace 
arrastrada por los movimientos de las clulas. Los pelillos de las clulas receptoras internas 
no estn fijos a la membrana tectorial sino que la rozan cuando vibran.
      Las vibraciones del estribo en la membrana de la ventana oval se trasmiten primero a la 
perilinfa de la rampa vestibular, desde donde se originan ondas vibratorias por el odo 
interno que producen aumentos de presin. Cuando el estribo golpea la membrana muy 
lentamente, las vibraciones discurren hasta el helicotrema, alcanzan por dicha va la rampa 
timpnica, y llegan hasta la membrana de la ventana redonda, que se curva hacia el hueso 
temporal, lo que provoca desplazamientos de la membrana basilar en sentido opuesto. Este 
efecto se ve favorecido por la menor cuanta de lquido dispuesto entre las clulas de la 
base que entre las del pice. Si, por el contrario, el estribo vibra rpidamente la onda no 
llega al helicotrema, sino que la membrana basilar se ondula hacia abajo en cada golpe. La 
proximidad del aparato vestibular determina que las vibraciones del caracol afecten a la 
regin lindante con la auditiva (ver figuras 3.14 Y 3.15).

FIGURA 3.12. Organo de Corti. Se muestra especialmente las clulas ciliadas y la 
membrana tectorial contra las proyecciones ciliadas. (Guyton, 1987, p. 405)

FIGURA 3.13. Estimulacin de las clulas ciliadas por el movimiento de vaivn de los 
cilios de la membrana tectorial.

      Las clulas receptoras se activan elctricamente debido a un intercambio inico entre 
los medios intra y extracelular ocasionado por los desplazamientos de la propia membrana 
basilar, que induce tanto los de las propias clulas como la inclinacin de los pelillos. El 
intercambio de iones altera el estado de reposo o equilibrio de estas clulas y genera 
pequeos potenciales elctricos que son captados por las prolongaciones receptoras de las 
neuronas y trasmitidos a las estructuras auditivas del sistema nervioso central.
      Los rasgos diferenciales de la membrana basilar resultan bsicos para comprender 
cmo el odo interno puede dar claves adecuadas sobre el tono de los sonidos. La mayor 
facilidad para la vibracin de la zona de la base y la menor cantidad de lquido a desplazar, 
aspectos ya comentados, evitan que las vibraciones se agrupen y mezclen en la base y 
determinan que los tonos agudos originen ms vibraciones en la base del caracol y ms 
seales elctricas en las clulas receptoras de dicha zona, en tanto que los graves afectan 
ms a la regin del pice.
      En realidad, ante los golpes del estribo en la membrana de la ventana oval vibra una 
gran parte de la membrana basilar, pero las vibraciones aumentan en la zona sintonizada 
con la frecuencia del sonido original. Adems este hecho ocasiona una prdida de fuerza 
de la vibracin, que va deteniendo el viaje de la onda por el resto de la membrana.
      La sintonizacin de las clulas de la membrana basilar a una frecuencia dada fue 
postulada por Helmholtz y comprobada por Von Beksy quien dise las grficas del 
movimiento de la membrana basilar para distintas frecuencias. Sin embargo, este 
mecanismo de sintonizacin no es eficaz para codificar tonos de frecuencias inferiores a 
1000 Hz, que provocan vibraciones en zonas ms amplias de la membrana basilar, y la 
estrategia del sistema auditivo para codificar estos tonos es otra. Las clulas ciliadas que se 
apoyan sobre la membrana basilar estn rodeadas por las prolongaciones receptoras de las 
neuronas que forman cada miembro del VIII par craneal, llamado el estato-acstico. Son 
precisamente estas clulas (unas 30.000 en cada odo) las encargadas de transferir las 
seales provocadas por las vibraciones en la membrana basilar y, en definitiva, en las 
clulas ciliadas hasta los centros nerviosos auditivos en los que se culmina el 
procesamiento de las seales. En el caso de tonos de frecuencia inferior a 1000 Hz, ciertas 
neuronas ajustan su tasa de actividad  nmero de impulsos nerviosos por segundo  a la 
frecuencia del sonido. As, ante tonos de 800 Hz determinadas neuronas, que registran 
seales de clulas ciliadas de la zona prxima al pice del caracol, dispararn y 
transmitirn 800 impulsos por segundo; ante sonidos de 634 Hz, otras exhibirn una tasa 
de 634 impulsos por segundo, de tal forma que cada frecuencia original queda mimetizada 
en un pequeo grupo de neuronas, siempre y cuando el nmero de Hz o ciclos no exceda 
su resolucin temporal de actividad, limitado por el estado refractario de inactividad entre 
dos impulsos sucesivos. La sintonizacin de las fibras o prolongaciones de las clulas 
nerviosas no excluye respuestas ante otras frecuencias. As pues, los tonos de baja 
frecuencia, peor definidos por la membrana basilar, quedan codificados mediante la 
reproduccin de sus frecuencias, mecanismo que Rutheford haba propuesto en el siglo 
pasado. Para los tonos de alta frecuencia  imposibles de seguir por ninguna neurona  
funciona tambin el principio de andanada, enunciado por Wever (1949) y comprobado 
por Rose y cols. en el ao 1967, que postula la sincroniza de las descargas de un grupo de 
neuronas de forma que entre todas reproducen la frecuencia original de un tono. Por 
ejemplo, en un grupo de cinco neuronas  NI, N2, N3, N4, N5  cada  una puede marcar 
 disparar una vibracin u onda de cada 5, de forma que N1 lo hace ante la primera, sexta, 
etc., N2 ante la segunda, sptima, etc, N3 a la tercera, octava, etc... y as entre las cinco re 
producir un tono de, por ejemplo, 5.000 Hz. Las seales de las cinco deben converger en 
otras clulas nerviosas del sistema nervioso central, la parte del sistema nervioso contenida 
en el eje crneo-raqudeo. Como las seales auditivas son conducidas por nervios craneales 
los centros auditivos se localizan todos en la zona craneal o ceflica. Se podra decir que 
las clulas donde se produce la convergencia quedan informadas de la frecuencia del 
tono.

FIGURA 3.14. Vista esquemtica del odo dc un embrin, mostrando el helicotrema que 
completa el recorrido del fluido desde la ventana oval a la ventana redonda. La escala 
vestibular y la escala timpnica forman una nica cmara de fluido, dividida a lo largo de 
la mayor parte de su longitud por la membrana basilar. (Bridgeman, 1988, p. 117)

FIGURA 315. Movimiento de lquido en la cclea despus del empuje hacia adelante del 
estribo. (Guyton, 1987, p. 403)

      Otro aspecto de los sonidos que se debe comunicar a los centros auditivos del encfalo 
es su intensidad o, lo que es lo mismo, la amplitud de las ondas sonoras. En este caso el 
mecanismo de codificacin del odo interno es doble: la intensidad de las vibraciones de 
las clulas de la membrana basilar, que repercute en la de las clulas ciliadas y en la de las 
fibras nerviosas auditivas, y el nmero de clulas ciliadas afectadas, que aumenta con la 
intensidad del sonido. Adems existen algunas clulas ciliadas que slo se activan ante 
sonidos muy intensos. La capacidad humana para discriminar sonidos de distinta 
intensidad es muy amplia.
      Hasta aqu se ha descrito el aparato auditivo, se han comentado aspectos relativos a su 
funcionamiento, y se ha hablado de la existencia de centros auditivos en el encfalo que 
procesan las seales trasmitidas por el nervio estatoacstico. A lo que sucede en dichos 
centros dedicaremos el resto de este apartado.
      El nmero de centros auditivos centrales, sus conexiones y, por tanto, su complejidad 
son enormes (ver figura 3.16). Lo que se recoge en cada odo se procesa en grupos de 
clulas nerviosas situadas a ambos lados y en distintos niveles del encfalo: el tronco o 
talio cerebral, porcin inmediatamente superior de la mdula espinal, el tlamo, que queda 
por encima del tronco cerebral, y tambin en la zona medial del encfalo, y la zona de la 
corteza cerebral, o capa externa de los hemisferios cerebrales, que queda bajo la parte 
superior del hueso temporal. A estos tres niveles se encuentran centros procesa dores 
auditivos. En todos ellos persiste una organizacin tonotpica como en la cclea. Se 
puede hablar de que la membrana basilar est representada en diversos centros auditivos 
(parece que el nmero de esas representaciones o mapas se eleva a once), lo que equivale a 
decir que en once centros auditivos existen grupos de neuronas que procesan seales 
provenientes de puntos  y de tonos  concretos de la membrana basilar. El total de grupos 
de un centro tratan sonidos del total del espectro audible. Por otra parte, son numerosos, 
sino todos, los centros auditivos que pueden controlar la tasa de disparos de las neuronas 
de otros centros situados a un nivel inferior, o incluso de la cclea, de forma que pueden 
suprimir o atenuar ciertas seales y/o destacar otras. Esta posibilidad resulta de gran 
inters para atender unos mensajes y rechazar otros.


FIGURA 3.16. Va auditiva. (Modificado de Crosby, Flumphrey y Lauer: Correlative 
Anatomv of the Nervous System. Nueva York. The Macmillan Co.). (Guyton, 1987, p. 
408)

      Tambin reciben seales auditivas clulas nerviosas del sistema reticular activador del 
tronco cerebral, que desempea un importante papel en despertar o activar a la corteza a 
fin de que la informacin que se trasmite se procese en buenas condiciones y el 
organismo se prepare para responder. El cerebelo, una pequea estructura que interviene en 
la organizacin y correccin de los movimientos, tambin recibe puntual informacin de 
acontecimientos que ocurren en el espacio auditivo que le permite coordinar respuestas 
ante las seales auditivas, como giros de cabeza para localizar la fuente del sonido, etc.
      Los centros auditivos a donde primero llegan seales desde la cclea  conducidas por 
los nervios estatoacsticos  son los ncleos cocleares. Algunas de las neuronas de estos 
ncleos parecen indicar la llegada de seales, pues slo disparan cuando se verifica primer 
contacto y luego quedan silenciosas; otras slo disparan cuando cesa la trasmisin del 
mensaje, es decir, cuando acaban los contactos entre los elementos terminales de las fibras 
del nervio y las del ncleo; otras, en fim, responden a los contactos durante todo el tiempo, 
y van aumentando la tasa de disparo durante la trasmisin de seales. Esta diversidad de 
situaciones ante las que las clulas cocleares responden probablemente se deba a que en 
estos ncleos tiene lugar el procesamiento de distintos aspectos de los sonidos.
      Desde los ncleos cocleares se originan tres grupos de fibras nerviosas, el ms 
importante de ellos alcanza la oliva media superior pequeo conjunto de neuronas que 
recibe seales recogidas en ambos odos. Dada su importancia para la localizacin de la 
fuente del sonido se comentarn ms adelante algunos aspectos funcionales. Desde all se 
origina uno de los haces de control de la informacin que se est trasmitiendo al sistema 
nervioso central.
      El conjunto de fibras nerviosas que asciende desde los ncleos cocleares recibe el 
nombre de haz del lemnisco lateral (realmente hay un haz a cada lado). Algunas relevan 
o trasmiten seales a clulas nerviosas situadas un poco ms arriba de los ncleos 
cocleares, en los ncleos del lemnisco lateral, cuyas ramas largas se incorporan al haz del 
lemnisco, que, a su vez, alcanzan otros centros situados an ms arriba en el tronco 
cerebral  los colculos inferiores . Tanto los dos lemniscos como los dos colculos estn 
conectados entre s, de modo que tienen acceso y procesan informacin captada por los dos 
odos. Desde los colculos la va prosigue hasta los cuerpos geniculados mediales del 
tlamo, que proyectan fibras nerviosas hasta la corteza cerebral auditiva primaria, situada, 
como antes se coment, en la regin inmediatamente subyacente a los huesos temporales. 
El mapa tonotpico de la corteza auditiva es el ms extenso de la rota trazada hasta aqu. 
La zona de la base de la membrana basilar se representa en un extremo de la banda de 
corteza asignada para el procesamiento de seales auditivas, y el pice, en el otro. La 
banda de frecuencia comprendida en torno a los 6.000 Hz parece tener una representacin 
ms amplia, lo que equivale a decir que recibe un tratamiento preferencial. Pero son 
numerosas las dificultades para la comprobacin experimental de estos mapas dados los 
efectos depresores de la anestesia que alteran las condiciones en que se procesan las 
seales en circunstancias naturales. Como otras reas sensoriales de la corteza cerebral, la 
auditiva est organizada en mdulos funcionales, dispuestos perpendicularmente a su 
superficie y constituidos por un nmero variable de neuronas cuyos cuerpos celulares se 
encuentran a distintos niveles de profundidad. Estos mdulos vienen a ser circuitos de 
procesamiento de informacin. Otra forma de organizacin comn a las cortezas 
sensoriales es la de tiras o estratos horizontales de neuronas que parecen exhibir 
preferencia por rasgos de las seales como, por ejemplo, en la corteza auditiva, su 
procedencia binaural o monoaural. Esta preferencia se manifiesta en respuestas ms 
vigorosas ante los rasgos preferidos. Otro aspecto de, al menos, algunas de las clulas 
nerviosas de la corteza auditiva es su selectividad ante el rango de frecuencias que 
responden. Realmente parece que, a lo largo de la va, se va depurando el espectro de 
tonos, potencindose el acceso a distintas neuronas de seales correspondientes a un rango 
de frecuencias cada vez menor y limitndose el de otras. Por medio de este mecanismo de 
encauzamiento progresivo, las neuronas de la corteza auditiva disparan con fuerza ante la 
llegada de las seales de los tonos preferidos y se inhiben ante las de los tonos prximos a 
stos.
      Se desconocen muchos aspectos funcionales de la corteza auditiva, especialmente los 
referentes a la integracin y reconocimiento de sonidos, procesos eh los que participan 
tambin otras zonas de la corteza auditiva conectadas con la primaria.
      Algunos autores han cuestionado irnicamente la necesidad de una corteza auditiva. 
dada la complejidad de la va y la exhaustividad de centros auditivos extracorticales. Las 
consecuencias de las lesiones nos pueden ilustrar mejor sobre sus funciones. En primer 
lugar, las lesiones de la corteza auditiva de un hemisferio cerebral no altera 
sustancialmente la percepcin de las frecuencias de los sonidos, lo que no resulta 
sorprendente si consideramos que la mayora de los centros auditivos reciben informacin 
captada por los dos odos. En ausencia total de la corteza auditiva, lesin bilateral, los 
gatos, que han sido los animales ms utilizados como sujetos de experimentacin sobre 
esta zona cortical, responden ante cambios de frecuencia e intensidad de los sonidos. Sin 
embargo, muestran dficits en tareas como la de discriminacin de patrones de sonido, que 
implica la comparacin entre distintos tonos, y la de duracin de sonidos. En general, 
parece que la corteza auditiva se ocupa de funciones complejas como la de detectar 
cambios de frecuencias, distinguir entre patrones especficos de sonidos y, en humanos, de 
la de la percepcin del habla, cuyo significado se extrae en otras zonas de la corteza. Otra 
funcin para la que resulta indispensable su integridad es la de localizar sonidos en el 
espacio.

3.2. La discriminacin de sonidos
      Como volveremos a observar respecto al tacto, parece que algunos niveles 
aparentemente muy impermeables en el proceso perceptivo pueden mostrarse 
funcionalmente influidos por variables del sujeto. En principio, ninguna investigacin ha 
encontrado diferencias claras entre videntes y ciegos en lo que se refiere a la habilidad para 
discriminar o distinguir sonidos. Sin embargo, aparecen diferencias cuando la tarea 
requiere la puesta en funcionamiento de otros mecanismos cognitivos. Por ejemplo, 
Witkin, Oltman, Chase y Friedman (1971) hacan que sus sujetos identificasen algunos 
patrones auditivos simples dentro de patrones auditivos complejos, atribuyendo el mejor 
rendimiento en la tarea de los ciegos a una mayor capacidad atencional. En el mismo 
sentido apuntan las investigaciones que encuentran un rendimiento ms satisfactorio en los 
ciegos que en los videntes en tareas clsicas de vigilancia y deteccin de seales. Lo 
importante de estos datos, conviene tenerlo en cuenta, es que los umbrales perceptivos 
auditivos eran equivalentes en ciegos y videntes, excepto, quizs, para las frecuencias altas 
(a partir 10.000 Hz), frecuencias aparentemente implicadas, como veremos ms abajo, en 
la deteccin de obstculos. Adems, algunos investigadores han conseguido correlaciones 
altas entre puntuaciones en movilidad y en tareas de discriminacin de sonidos, lo cual ha 
llevado a pensar que el mayor contacto con la estimulacin auditiva ambiental hace que los 
ciegos expertos en movilidad presten ms atencin a las variaciones en frecuencia o 
intensidad que se producen las fuentes de sonido.
      Por otro lado, en tareas de reconocimiento a largo plazo de sonidos producidos por 
objetos familiares no se han constatado diferencias en ciegos y videntes (Cobb, Lawrence y 
Nelson, 1979). Todo parece indicar, como hemos visto t en el caso d tacto, que cuando se 
ponen en funcionamiento procesos de percepcin categorial las diferencias entre ciegos y 
videntes apenas existen. Una vez que la informacin es codificada los ciegos no tienen por 
qu mostrar un rendimiento ms adecuado que los videntes en este tipo de tareas.

3.3. La localizacin de fuentes de sonido
      La mayor parte de los trabajos disponibles sobre localizacin de fuentes de sonido 
parece indicar que no existen diferencias respecto a esta habilidad entre ciegos y videntes, 
si bien parece que los ciegos tardos utilizan con mayor xito que los videntes y que los 
ciegos tempranos claves acsticas para localizar objetos en el entorno; algo semejante 
parece ocurrir con las tareas de estimacin de distancias. En este sentido, Wanet y Veraart 
(1985) disearon una curiosa tarea de localizacin de sonidos en el espacio en la que 
pretendan controlar la distancia de la fuente y su orientacin angular respecto al sujeto. 
Entre otros resultados interesantes encontraron que los ciegos tempranos hacan 
estimaciones distancia ms ajustadas que los ciegos tardos y que los videntes, si bien estas 
diferencias no resultaban tan claras en el caso de las estimaciones de direccin. Adems, se 
peda que los sujetos hiciesen sus estimaciones a travs de dos modalidades de respuesta: 
motoras (sealar) y verbales (fila 1, columna 2). Pues bien, los ciegos tempranos eran ms 
efectivos cuando hacan estimaciones de distancia a travs de respuestas verbales que 
cuando lo hacan a travs de respuestas motoras. Sin embargo, cuando hacan estimaciones 
de direccin ocurra exactamente lo contrario. Al margen de su justificacin terica, parece 
que estos resultados permiten extraer alguna recomendacin prctica. En concreto se 
podra pensar que los dispositivos de ayuda a la deambulacin que utilizan el canal 
acstico, deberan centrarse ms en la estimacin de distancias que en la estimacin de 
direcciones, aunque el odo est especialmente preparado para esta funcin.
      La estimacin de la procedencia del sonido en base a las seales acsticas es realmente 
imposible cuando la fuente sonora est situada justamente por delante o por detrs de la 
lnea media del cuerpo y, por tanto, las ondas sonoras llegan simultneamente y con la 
misma intensidad a ambos odos, equidistantes y con la misma orientacin respecto a dicha 
fuente. Pero si el sonido se produce ligeramente a la derecha o a la izquierda de la lnea 
media del cuerpo, el odo ms prximo a la fuente sonora recibe las ondas con antelacin 
y/o con mayor intensidad que el ms lejano. El sistema auditivo, pues, basa el mecanismo 
de la localizacin de la fuente del sonido en diferencias temporales o de intensidad entre 
las seales producidas en ambos odos en respuesta a la llegada de las ondas (ver figura 
3.17). Como tales diferencias son mnimas debemos atribuirle una extraordinaria 
discriminabilidad. Analicemos cada una de estas pistas. El retraso o demora binaural en la 
recepcin del sonido vara en funcin de la posicin de la cabeza respecto a la fuente del 
sonido. siendo mxima cuando sta se sita lateral mente a uno de ellos. EL odo lejano 
tarda en recibir las ondas el tiempo empleado por stas en salvar la distancia que separa 
ambos odos, en este caso el dimetro de la cabeza, unos 18 cm aproximadamente. Dado 
que se conoce la velocidad de propagacin del sonido (335,5 m/s) y la distancia a recorrer 
 la mitad de la circunferencia de la cabeza, p X r, 3,14 X 9 = 28,26  se puede calcular 
este tiempo. El retraso interaural mximo es de 843 milisegundos aproximadamente (si el 
sonido tarda 10.000 milisegundos en recorrer 33.550 cm., tardar en recorrer 28,26 cm: 
28,26 X 10.000/33.550 = 282.600133.550 = 843 milisegundos). La demora temporal 
supone un desfase en la captacin de las ondas por parte de los dos odos: el segundo odo 
recibe el mensaje cuando el primero ya ha captado un nmero determinado de ondas, 
variable segn la frecuencia. En los tonos agudos el desfase es prcticamente inapreciable, 
dada la alta frecuencia de las ondas; en cambio en los tonos graves, de baja frecuencia, un 
desfase de incluso un ciclo resulta apreciable para el sistema auditivo.
      La otra pista a la que hacamos referencia antes aluda a diferencias de intensidad. Se 
ha comentado ya que cuando una onda choca con un obstculo pierde fuerza, o altura. 
Las ondas de mayor tamao tienen menos posibilidades de deformarse puesto que la 
probabilidad de salvar obstculos que encuentra en su trayectoria es mayor. Obvia 
mente, el tamao de las ondas de los tonos graves es superior al de los agudos (si en 335,5 
m., o 33.550 cm, ocurren 100 ondas el tamao de cada una es de 335,50 cm; en un tono de 
10.000 ondas su tamao es de 3,35 cms). As, se puede concluir que los sonidos graves, de 
tamao muy superior al de la cabeza la rodean limpiamente y que los agudos chocan con 
ella y se debilitan. Se ha calculado que un tono de unos 1.100 Hz se percibe con una 
intensidad de unos 4 db ms en el odo prximo a la fuente sonora.

FIGURA 3.17. Seales fsicas para la localizacin del sonido. a) la diferencia de intensidad 
como seal. El odo ms cercano recibe un sonido ms intenso por su proximidad y porque 
el otro odo est en la zona en que la cabeza produce una sombra sonora. b) La diferencia 
de tiempo (fase) como seal. Una onda de presin llegar ligeramente antes al odo ms 
prximo. (Bridgeman, 1988, p. 114)

     Ahora nos debemos preguntar cmo analiza el sistema nervioso tales diferencias. Los 
datos disponibles proceden de estudios realizados en lechuzas por Knudsen y Konishi 
(1978) y, en menor cuanta, en mamferos. En lechuzas el mecanismo para localizar la 
fuente del sonido se basa tambin en comparaciones de intensidad y desfase, aspectos que 
se procesan en canales independientes en la va auditiva desde los primeros ncleos 
llamados tambin cocleares. El canal de desfase dispone de elementos neurales 
sintonizados a diferentes demoras que se van afinando desde las primeras etapas y 
terminan transformando informacin temporal (el odo derecho ha recibido antes que el 
izquierdo la informacin) en informacin de lugar (luego el sonido procede del lado 
derecho), con un grado de precisin realmente impresionante. Se han obtenido registros 
de neuronas a niveles altos de la va auditiva que slo manifiestan actividad si el sonido se 
sita en un determinado punto del espacio auditivo y se inhiben (no responden) si procede 
de puntos prximos. En primates, parecen existir dispositivos similares. Otros hallazgos, 
esta vez en gatos, se refieren a las caractersticas de neuronas corticales que manifiestan 
actividad cuando la fuente sonora es mvil y se desplaza en una determinada direccin, y 
que se inhiben ante otras direcciones, en tanto que otras neuronas slo responden ante 
fuentes sonoras estticas, localizadas en puntos espaciales. En todo caso, la corteza 
cerebral de los mamferos parece desempear un papel clave en la localizacin precisa de 
la fuente de sonido.
      Hay otros factores que contribuyen a la localizacin de los sonidos, como por ejemplo, 
la forma de la oreja, como parece deducirse de experimentos en los que el alisamiento de 
los pliegues del pabelln de la oreja con rellenos reduce la discriminabilidad. 
Posiblemente, la razn estriba en que las ondas sonoras se reflejan de tal forma en ellos 
que provocan ecos que varan en virtud de los emplazamientos de la fuente de sonido. 
Adems, cuando sta es equidistante a ambos odos, se producen giros de la cabeza que 
permiten establecer diferencias que sirvan de pistas. Por otra parte, tambin parecen 
intervenir factores cognitivos, que pueden cooperar con los auditivos, corno es el 
conocimiento del espacio. En espacios cerrados, las dimensiones, la distancia entre el 
oyente y el emisor de sonido, y de ambos respecto a paredes, suelo y techo, as como el 
grado de absorcin y reverberacin del sonido originan diferencias que intervienen 
posiblemente en resolver la cuestin. A la informacin suministrada por la llegada directa 
del sonido desde el emisor se aade posteriormente la que sucesivamente alcanza los o dos 
procedente de los muros de la habitacin. Es probable que se pueda sacar partido de sta 
aunque no se dispone de datos.
      Vista y odo deben cooperar en esta funcin, como parece sugerir la presencia de 
neuronas que responden a estmulos auditivos localizados en puntos concretos del espacio 
en la corteza visual, mapa que no es exclusivamente auditivo sino tambin visual (Monde, 
1972). El significado de estos datos no est claro pero apoya la idea de que se debe 
producir una interaccin visuo-auditiva para localizar estmulos en el espacio con una 
precisin superior a la proporcionada exclusivamente por el sistema auditivo, eficaz 
aunque en ocasiones ambiguo.

3.4. El sentido del obstculo
      La habilidad para detectar obstculos, aparentemente ligada a la localizacin de fuentes 
de sonido, es, seguramente, una de las funciones perceptivas en las que se han encontrado 
de manera sistemtica ms diferencias entre ciegos y videntes. La denominada visin 
facial o sentido del obstculo es, sin duda, el fenmeno perceptivo ms extico y ms 
llamativa de cuantos aparecen en el mundo perceptivo de los ciegos. Su puesta, adems, su 
importancia en la deambulacin y en la elaboracin de representaciones espaciales del 
medio, no nos debe extraar que se erija en uno de los fenmenos que ms investigacin 
ha deparado en este mbito desde hace ms de 50 aos. En efecto, muchos ciegos 
sienten que pueden detectar obstculos, aunque en raras ocasiones son conscientes de la 
naturaleza del fenmeno, es decir, raramente saben cmo pueden hacerlo.
      El sentido del obstculo gener en las dcadas de los 40 y los 50 un buen nmero de 
investigaciones en las que, en trminos generales, se daba cuenta de la naturaleza acstica 
del fenmeno (ver, por ejemplo, Warren, 1978). Otras hiptesis hasta entonces vigentes 
indicaban que la deteccin de obstculos poda estar basada en la presin del aire o en 
claves olfativas, por no mencionar hiptesis ms imaginativas (ver Ananiev et al., op. cit.). 
Estos trabajos sealaron tambin la importancia del aprendizaje en el desarrollo de esta 
funcin, de manera que las diferencias encontradas entre ciegos y videntes tendan a 
desaparecer tras un cierto perodo de entrenamiento. Adems, se hall que las frecuencias 
snicas ms importantes en la deteccin de obstculos eran las frecuencias superiores a 
10.000 Hz, hallazgo congruente con el hecho de que los organismos que utilizan ndices 
acsticos para orientarse en el medio (los murcilagos, por ejemplo) suelen presentar 
sistemas vocales preparados para emitir sonidos de alta frecuencia y sistemas auditivos 
preparados para registrar los reflejos de dichos sonidos en los objetos. Por ltimo, conviene 
sealar que los ciegos tempranos, parece lgico, des arrollan ms esta funcin que los 
tardos.
      Para que el lector no familiarizado con el fenmeno pueda entenderlo un poco mejor, 
describiremos brevemente un trabajo reciente a travs del cual se pretende replicar alguno 
de los trabajos clsicos comentados ms arriba. Strelow y Brabyn (1982) utilizaron un 
grupo de ciegos totales y un grupo de videntes y los sometieron a dos tipos de tareas en una 
habitacin insonorizada. En la primera tarea los sujetos tenan que seguir una trayectoria 
paralela a una valla de 1,7 m de altura y en la segunda tarea los sujetos deban seguir una 
trayectoria paralela a una fila de postes de 1,7 m de altura por 15 o 5 cm de ancho. El 
ajuste a la trayectoria se midi a travs de un sistema computerizado y se tuvieron en 
cuenta, adems, los errores de movilidad ms llamativos (por ejemplo, chocar contra los 
obstculos o salirse de la plataforma que delimitaba la trayectoria). Los resultados 
indicaron que los ciegos ejecutaban mejor la tarea de la valla que los videntes y que 
cometan menos errores de movilidad. Por otro lado, la tarea de los postes era mucho ms 
compleja para los ciegos que la tarea de la valla. Se comprob que ningn sujeto ciego 
utiliz ms sonidos que el ruido de sus pasos. En cualquier caso, y con el fin de asegurar la 
naturaleza acstica del fenmeno, Strelow y Brabyn llevaron a cabo las mismas tareas con 
un adulto diego y con dos nuevas variantes: en la primera, se introdujo un sonido 
enmascarador de amplio espectro de unos 50 dB; en la segunda variante, el sujeto realiz la 
tarea con un protector acstico industrial. El sujeto llev a cabo la tarea de la valla en 
condiciones acsticas normales y a continuacin en las dos condiciones de supresin 
acstica. Los resultados mostraron un ejecucin claramente inferior en las dos ltimas 
condiciones, lo cual parece justificar la importancia de los ndices acsticos en la deteccin 
de obstculos.
      Los datos disponibles acerca del sentido del obstculo han supuesto en muchos casos 
la toma de decisiones concretas respecto a problemas aplicados, especialmente en el 
mbito de la orientacin y la movilidad. Algunos especialistas han sealado, por ejemplo 
que el uso de ayudas a la movilidad (perros-gua o bastones) podra llegar a inhibir el uso 
de habilidades ms naturales como la que hemos venido comentando en este apartado.
      Por otro lado, y puesto que los sonidos permiten detectar obstculos, nada ms 
apropiado que dotar al ciego de un sistema que emita sonidos. Los resultados de esta 
filosofa eran muy esperanzadores y no tard en aparecer la culminacin lgica de la  
misma: el clebre Sonic Aid, desarrollado por Leslie Kay. El diseo es lgicamente simple 
aunque tecnolgicamente complejo. Un dispositivo emite seales ultrasnicas que, una vez 
reflejadas en los objetos, se transforman para el sujeto en una complicada seal acstica. 
Tal superficie del objeto como su distancia o su disposicin espacial pueden ser de a travs 
de variaciones sistemticas de esta seal. En cualquier caso, parece un adecuado 
aprovechamiento del aparato exige un entrenamiento exhaustivo y costoso. Se plantea, 
adems, el problema de que la interpretacin de la seal acstica exige demasiados 
recursos atencionales, de manera que el usuario puede olvidarse de utilizar otras claves 
acsticas, tctiles u olfativas fundamentales en la deambulacin. De cualquier manera, la 
utilidad global del Sonic Aid debe ser an evaluada.
      En cuanto a la funcionalidad social del sistema auditivo en ciegos, las escasas 
investigaciones disponibles hasta el momento permiten pensar que los ciegos discriminan 
mejor entre voces humanas que los videntes (p. ej., Bull, Rathborn y Clifford, 1983), 
aunque de nuevo nos encontramos con el problema de averiguar si este fenmeno es 
estrictamente perceptivo o tiene ms que ver con el funcionamiento de otros mecanismos 
cognitivos (atencionales, en este caso).

3.5. El papel de la audicin en el desarrollo perceptivo de los ciegos
      En general, los datos disponibles sobre el desarrollo de la percepcin auditiva en nulos 
ciegos, son comparables a los disponibles acerca del desarrollo de la percepcin tctil. Esto 
es, no se encuentran diferencias entre ciegos y videntes en lo que se refiere a la ejecucin 
de tareas de tipo psicofsico (discriminacin de fonemas o generalizacin de tonos) 
(Stankov y Spilsbury, 1980), mientras que los datos comienzan a ser ms difciles de 
interpretar cuando se requiere de los sujetos que lleven a cabo tareas con requisitos 
cognitivos superiores. Por ejemplo, algunos autores han mostrado que los nios ciegos son 
mejores que los videntes en tareas de extraer secuencias cortas de sonidos de secuencias 
ms complejas (Witkin et al., 1971) y que tienen una mayor amplitud de me mona para 
letras cuando stas son presentadas acsticamente (Gibbs y Rice 1974).
      El odo contribuye, especialmente en el caso de los deficientes visuales, a la estimacin 
de distancias y a la localizacin de elementos en el espacio. Sin embargo, los estudios 
sobre el desarrollo de esta funcin en nios ciegos son muy escasos. No obstante, parece 
que podemos aventurar alguna idea al respecto. En relacin con el clebre sentido del 
obstculo, todo parece indicar que ya alcanza un cierto grado de desarrollo antes de la 
edad adulta, si bien las diferencias individuales son muy acusadas (Worchel, Mauney y 
Andrew, 1950; cit. por Warren, 1984). Respecto a las tareas de localizacin de fuentes de 
sonido en el espacio, los datos resultan en cierta medida contradictorios. En cualquier caso, 
podemos sealar que en ciegos adultos la capacidad para detectar la presencia de 
obstculos a partir de ndices acsticos correlaciona negativamente con la edad de acceso a 
la ceguera (Rice, 1970; Juurmaa y Jarvilehto, 1965), aunque con nios los resultados no 
son tan claros. En cualquier caso, parece necesario que se lleven a cabo investigaciones en 
las que variables fundamentales como la edad de acceso a la ceguera o el status visual sean 
ms sistemticamente controladas. Es necesario, adems, que se emprendan trabajos 
evolutivos sobre las contribuciones de la audicin a la percepcin de algunos aspectos de la 
textura y a la identificacin de objetos o personas.
      En otro orden de cosas, parece absolutamente necesario analizar el papel de los restos 
visuales en el desarrollo perceptivo global de los ciegos. Hasta ahora la mayor parte de los 
intentos en este campo se han llevado a cabo desde un punto de vista aplicado, esto es, se 
ha intentado averiguar en qu medida el aprovechamiento funcional de los restos visuales 
puede mejorar el ajuste del nio deficiente visual al medio. En este sentido, los trabajos de 
Barraga y sus colaboradores (p.e., Barraga, 1964) han representado una continua fuente de 
aliento para la investigacin en este campo.

4. Los sentidos qumicos externos
      En la categora de sentidos qumicos se incluyen los internos, tales como la deteccin 
de niveles de oxgeno, anhdrido carbnico, glucosa, etc., al servicio del mantenimiento del 
medio interno, que no se llegan a percibir, y los externos, gusto y olfato, que trataremos 
aqu. En estos ltimos, las seales del entorno se ponen en relacin con las necesidades del 
medio interior y su satisfaccin y se perciben con un matiz afectivo. De hecho, en la va 
olfatoria se incluyen fibras que trasmiten directamente seales a estructuras nerviosas 
responsables de la emocin y la memoria. Aunque de forma ms indirecta, las seales 
gustativas tambin acceden a tales estructuras. Desde el punto de vista filogentico gusto 
y olfato se desarrollan precozmente. Por todo ello se consideran sentidos primitivos.

4.1. Gusto
      Estrictamente hablando, la experiencia gustativa viene dada tanto por el sentido del 
gusto como por el del olfato, como queda demostrado por la falta de sabor que atribuimos 
a los alimentos cuando estamos acatarrados. Receptores de otras modalidades, como los de 
textura, parecen desempear as mismo un papel en la percepcin gustativa. Pese a ello, a 
la hora describir esta modalidad sensorial, se omiten estas aportaciones al gusto y se 
consideran nicamente las especficamente gustativas.
      Los receptores gustativos son clulas semejantes a las de la piel, pero situadas dentro 
de la cavidad oral, agrupadas de 50 en 50 en botones gustativos (ver figura 3.18). 
Formando parte de dichos botones se encuentran otras clulas, como las denominadas 
basales que, en un proceso de renovacin de unos 10 das de duracin  y ms rpidamente 
durante la infancia  van sustituyendo a los receptores gustativos que mueren. Cada botn 
est embutido en el epitelio de la lengua y se comunica con su superficie externa por medio 
de un canal del que emergen los pelillos diminutos de los receptores donde parece ocurrir 
la captacin de estmulos. Los botones, a su vez, se agrupan formando papilas que adoptan 
diferentes formas y se distribuyen irregularmente por la lengua. En el hombre existen tres 
tipos de papilas: fungiorines, foliceas y circunvaladas, cuya situacin, forma y 
preferencia gustativas son bastante especficas. Las fungiformes parecen pequeos hongos, 
contienen pocos botones, ocupan los dos tercios anteriores de la lengua y responden 
principalmente a los sabores dulce y salado. Las foliceas forman hojas en el extremo 
posterior de la lengua y manifiestan una cierta preferencia por os sabores cidos. Las 
circunvaladas son grandes, redondas y estn rodeadas por una especie de prominencia; 
ocupan el tercio posterior de la lengua y responden fundamental mente a los sabores 
amargos. El nmero de botones en estos dos ltimos tipos es muy elevado. En la epiglotis, 
en el tercio superior del esfago y en el paladar tambin se localizan botones gustativos.

FIGURA 3.18. Botn gustativo. Las sustancias qumicas que entran por el poro gustativo 
generan una seal elctrica en el botn. (Adaptado de Murray y Murray, 1970.) (Goldstein, 
1988, p. 33. Reproducido con permiso de la editorial Debate)

      Son tres los nervios que proporcionan inervacin a los receptores gustativos: el VII par 
craneal o facial, cuyas ramas inervan las papilas fungiformes, el IX par craneal o 
glosofarngeo, que conecta con los otros dos tipos de papilas, y el X o vago, que liega hasta 
los botones gustativos del esfago y paladar. Una vez en el sistema nervioso central  en el 
tronco cerebral, para ser ms precisos  las fibras gustativas de estos tres nervios forman 
un haz denominado el tracto solitario que alcanza un conjunto de neuronas, el ncleo 
solitario, blanco tambin de fibras procedentes de otras vsceras. Desde este ncleo se 
origina una doble ruta para la informacin gustativa. Una de ellas mediatiza la percepcin 
y reconocimiento de los sabores y es similar a la descrita para el resto de las modalidades 
sensoriales: llega a un ncleo talmico que, a su vez, trasmite hasta el rea gustativa de la 
corteza cerebral, que coincide con la zona de corteza somatosensorial correspondiente a la 
lengua (ver figura 3.19). La otra va liega a estructuras nerviosas que subyacen a las 
conductas de supervivencia y procesos emocionales y parece estar relacionada con los 
aspectos afectivos de la percepcin gustativa, con la evitacin o preferencia de ciertos 
sabores, etc. 

FIGURA 3.19. Transmisin de impulsos gustativos hacia el sistema nervioso central. 
(Guyton, 1987, p. 417)

      La existencia de cuatro sabores bsicos y de zonas de la lengua con mayor densidad de 
un tipo de papilas ha favorecido la idea de la especificidad absoluta de receptores, fibras 
nerviosas trasmisoras, etc., por un determinado sabor. As, se ha supuesto que las 
sustancias dulces slo afectan a las papilas fungiformes y, por tanto, a las fibras que las 
inervan y a las neuronas de los ncleos de relevo a las que stas trasmiten. Este tipo de 
codificacin propuesto se denomina de lnea marcada y planteado en tales trminos es 
incorrecto. Se ha comprobado que la aplicacin experimental de sustancias de distinto 
sabor en un botn determinado desencadena respuestas en los receptores que contiene, si 
bien la magnitud de dicha respuesta es variable. Se puede postular que los receptores, 
fibras, etc., exhiben una cierta preferencia ante un determinado sabor. El cdigo utilizado 
es, pues, de lnea preferida ms que marcada. En las situaciones cotidianas, en que 
ingerimos sustancias compuestas de diversos ingredientes  y, por tanto, no pose sabores 
puros  que adems son distribuidas por los movimientos de la lengua por toda la cavidad 
oral, se debe producir la activacin de la mayora de los receptores gustativos por lo que 
las estaciones de relevo y/o la corteza gustativa deben evaluar el grado de activacin de 
cada lnea de conexin mediante su comparacin con las restantes, proceso del que 
resultara la percepcin de los distintos sabores del alimento en cuestin, as como la de su 
cuanta. Se ha comprobado que, a medida que aumenta la concentracin de una sustancia 
en la lengua, la respuesta de los receptores y las de las fibras nerviosas se hace mayor, por 
lo que se facilita su reconocimiento. Es probable, adems, que se necesite una menor 
cantidad de sustancia para producir un incremento de respuesta en los receptores que 
exhiben preferencia por ella que por los que no la exhiben. Sin embargo, ante 
concentraciones de sustancias de distinta composicin aplica das en distintas zonas de la 
lengua las respuestas de los receptores se podran igualar y dificultar su reconocimiento, a 
menos que los centros nerviosos superiores atendieran, adems de a la magnitud de 
respuesta del receptor, al cdigo de identificacin de la lnea ( de qu punto procede, qu 
tipo de papila inerva, etc...).
      Algunos aspectos de la percepcin gustativa parecen estar determinados genticamente, 
como aversiones por sustancias perjudiciales  determinados venenos de fuerte sabor 
amargo . Otros son fruto de las asociaciones establecidas en el curso de la vida y pueden 
resultar tambin vitales para la supervivencia o desde el punto de vista hednico.

4.2. Olfato
Anatoma y fisiologa
      En general, se ha considerado que la influencia del olfato en la conducta humana es 
poco decisiva, sobre todo si se compara con animales en que conductas de supervivencia, 
como el apareamiento, el cuidado de la prole, la bsqueda del alimento, la evitacin de 
territorios marcados por otros congneres, el traslado de los miembros muertos de una 
comunidad a la zona de desechos, etc. se desencadenan o son moduladas a partir de 
estmulos olfatorios. En las ltimas dcadas se ha atribuido a las seales olfatorias un papel 
en la sincronizacin de los ciclos menstruales entre mujeres que viven o trabajan juntas, lo 
que ha llevado al replanteamiento de la importancia real de este sentido en el hombre.
      La base para la relegacin del olfato en hombres se puede deber a diversos conceptos 
errneos elaborados a partir de datos obtenidos en experimentos realizados con una 
metodologa inadecuada. Tal inadecuacin ha venido dada por no disponer de medios 
tcnicos que posibilitaran una distribucin homognea de las sustancias odorferas objeto 
de prueba en la zona receptora, o por no tener en cuenta el escaso vocabulario popular 
relativo a los olores. Es por ello que se ha postulado que los umbrales para detectar y 
discriminar olores son muy elevados. Por otra parte, la relativa inaccesibilidad de la 
mucosa olfatoria, que ocupa un rea de 5 cm2 en la zona postero-superior de las fosas 
nasales ha contribuido tambin a un conocimiento limitado y equivocado del olfato y, 
consecuentemente, a su consideracin como sentido secundario (Goldstein, 1988).
      En la mucosa olfatoria hay diversos tipos de clulas que, a lo largo de un ciclo de 60 
das, pasan de ser clulas basales a clulas de sostn y, posteriormente, clulas receptoras 
(ver figura 3.20). Los receptores olfatorios son neuronas con dos prolongaciones, una 
orientada hacia la periferia de la mucosa olfatoria y la otra hacia la zona basal del cerebro. 
La prolongacin receptora presenta una expansin de donde se originan pelillos o cilios, 
dispuestos en forma de red, que alcanza la superficie de la mucosa donde se pone en 
contacto con los estmulos olfatorios  molculas odorferas voltiles . Se ha postulado 
que los cilios poseen sitios especficos para ellas. La estructura, forma y propiedades 
qumicas de dichas molculas determinan el tipo de emplazamiento que pueden ocupar. 
Los distintos olores percibidos vendran dados, pues, por las caractersticas de las 
molculas y la selectividad de los receptores. Aunque Amoore encontr una relacin entre 
la forma y el tipo de olor percibido por sujetos experimentales, sta dista de ser perfecta. 
De hecho, se ha constatado que molculas diferentes pueden evocar olores similares y 
viceversa, por lo que se debe pensar que hay otros factores que pueden afectar al proceso. 
Se ha postulado que las distintas molculas odorferas se distribuyen de manera diferencial 
por la zona receptora por lo que activan preferentemente a receptores situados ms arriba o 
ms abajo en la mucosa, lo que contribuira tambin a su relativa selectividad.

FIGURA 3.20. Organizacin de la membrana olfatoria. (Guyton, 1987, p. 420)

      Las prolongaciones de las neuronas olfatorias que se orientan hacia el cerebro 
constituyen el primer par craneal, nervios olfatorios, que llegan hasta los bulbos olfatorios, 
estructuras alargadas situadas en la base del cerebro. En ellos es caracterstica una 
organizacin en agrupaciones de neuronas o glomrulos, formados por las terminaciones 
de las neuronas que provienen de la mucosa y otras neuronas locales. Tanto las fibras del 
primer par craneal como los bulbos olfatorios, primeros centros cerebrales olfatorios, se 
caracterizan tambin por una cierta especificidad respecto al tipo de estmulo, como ya se 
ha visto en el sentido del gusto. En los bulbos olfatorios de ratas se ha comprobado que hay 
zonas que muestran mayor actividad ante ciertos olores y menor ante otros (detectada por 
un aumento en la captacin de una sustancia radiactiva que con tiene glucosa, necesaria 
para el funcionamiento del cerebro).

FIGURA 3.21. Vas olfatorias. El crneo se ha seccionado a lo largo de la lnea media, y el 
lbulo frontal izquierdo se ha seccionado segn un plano frontal, esto es, vertical y 
trasverso. (Bridgeman, 1988, p. 143)

FIGURA 3.22. Conexiones neurales del sistema olfatorio. (Guyton, 1987, p. 419)

      Desde los bulbos olfatorios la informacin relativa a los estmulos olfatorios se 
distribuye por diversas reas cerebrales (ver figuras 3.21 y 3.22). Algunas estn implicadas 
en la percepcin consciente del olor, como la llamada corteza orbital; otras asociadas a la 
memoria, como el hipocampo. En general se pueden clasificar en regiones mediales, 
encargadas de los aspectos ms sencillos de la percepcin olfatoria, y regiones laterales, 
responsables de los aspectos ms complejos, como la asociacin visuo-olfatoria. Desde 
estas regiones se distribuye informacin a casi todas las estructuras del sistema lmbico o 
cerebro emocional, que interviene en las conductas de supervivencia.

Los sentidos qumicos y la ceguera
      Aunque parece indudable que el olfato puede desempear funciones importantes en la 
vida cotidiana de los deficientes visuales, apenas ha recibido atencin en los ltimos aos. 
El caso del gusto parece an ms dramtico, ya que no hemos podido encontrar ni un solo 
estudio al respecto. En efecto, la mayor parte de los trabajos llevados a cabo sobre el olfato 
en los ciegos son bastante antiguos y con una escasa sofisticacin experimental. Adems 
sus resultados, como consecuencia, seguramente, de problemas metodolgicos son 
parcialmente contradictorios. Por otro lado, todos los trabajos que hemos revisado se 
centran en la comparacin de ciegos y videntes en tareas de discriminacin o identificacin 
de olores. En este sentido, cabe sealar una serie de estudios llevados a cabo por Griesbach 
(1899) en los que los ciegos parecen presentar una sensibilidad absoluta para los olores 
superior a la de los videntes. Algunos trabajos posteriores (Cherubino y Salis, 1957; 
Bocuzzi, 1962), parecen apuntar ms bien en direccin contraria.
      Con el propsito de mediar en la disputa, Murphy y Cain (1986) sometieron a un grupo 
de ciegos (tardos y tempranos) y a un grupo de videntes, cuyas edades oscilaban entre 19 
y 66 aos, a dos tareas: una tarea de sensibilidad olfativa y una tarea de identificacin de 
olores. La tarea de sensibilidad se llev a cabo sobre concentraciones crecientes de alcohol 
a partir de una estrategia de eleccin forzosa entre dos alternativas (un recipiente con una 
concentracin creciente de alcohol y otro con agua). Si la eleccin era incorrecta (esto es, 
si el sujeto elega el agua) se aumentaba la concentracin en el ensayo siguiente, hasta 
establecer un nivel de concentracin en el que el sujeto mantena un criterio de eleccin 
estable.
      Respecto a la tarea de identificacin de olores, se utiliz una muestra de 80 olores 
cotidianos (amonaco, mostaza, tabaco de pipa, patatas fritas, queso, etc.). En ambas tareas, 
los videntes tenan los ojos tapados. Cada sujeto llev a cabo las tareas en tres sesiones. En 
la tarea de identificacin los sujetos reciban feedback sobre su respuesta.
      Los resultados indican que los videntes tienen una sensibilidad absoluta ms 
desarrollada que los ciegos, mientras que stos son mejores en la tarea de identificacin de 
olores. Aunque la segunda afirmacin puede ser justificada sin demasiados problemas, la 
primera no deja de resultar sorprendente. Los autores sealan que el hecho de que los 
ciegos presenten menor sensibilidad olfativa se puede deber a los trastornos neurolgicos 
asociados normalmente a la ceguera (hipoxia perinatal, meningitis, etc.). Un resultado 
adicional que conviene sealar es que aparece una correlacin negativa muy alta entre la 
ejecucin en la tarea de identificacin y la edad para ambos grupos (-0,73, para los ciegos; 
-0,81, para los videntes). Tambin encuentran que la tasa de errores en la tarea de 
identificacin disminuye a travs de las sesiones, aunque se mantiene siempre la ventaja 
para los ciegos.
      El diseo no permite decidir a qu tipo de procesos se debe la ventaja de los ciegos en 
la tarea de identificacin, ni distingue en el anlisis de resultados entre ciegos tempranos y 
tardos. En cualquier caso, parece que el olfato sigue el mismo curso de adaptacin 
funcional que el tacto o la audicin en los deficientes visuales, esto es, los ciegos no son 
mejores que los videntes para detectar la presencia de un olor, pero una vez detectado los 
ciegos son ms capaces de categorizarlo.

5. La experiencia del mundo sin visin
      Cul es la naturaleza del mundo interior con el que debe funcionar una persona en 
ausencia de visin?, cmo son sus ideas acerca del mundo que le rodea?, hasta qu punto 
la ausencia de visin debe suponer un reajuste en la forma en que construimos el mundo? 
Cuestiones de este tipo tienen mucho que ver con el inters que en mochos investigadores 
genera el mundo de la ceguera. La impenetrabilidad de la experiencia de ser ciego desde la 
experiencia del mundo visible hacen que la ceguera se convierta en un reto cientfico y 
humano apasionante.
      Como ya hemos sealado, en cualquier experiencia perceptiva es posible distinguir, 
desde el ponto de vista fenomenolgico, un polo subjetivo y un polo objetivo, un 
componente del fenmeno que nos informa sobre las modificaciones que provoca en el 
sujeto una perturbacin ambiental y un componente del fenmeno que informa sobre tal 
perturbacin. Los distintos sistemas perceptivos pueden ser ordenados a lo largo del 
constructo polo objetivo-polo subjetivo, esto es, existiran sistemas cuyos fenmenos 
estaran ms orientados al polo objetivo, como la visin, y sistemas ms orientados hacia el 
polo subjetivo, como la propiocepcin o el sistema vestibular. El tacto se ubicara en una 
posicin intermedia entre ambos polos. Diversas situaciones cotidianas pueden mostrar al 
lector con relativa facilidad esta naturaleza fenomenolgica ambigua del tacto. Una, por 
ejemplo, sus manos con los dedos entrelazados y compruebe, si presta atencin, cmo su 
experiencia se mueve alternativamente entre la consideracin de cada una de las manos 
como objeto del mundo o como parte de uno mismo. Si una mano percibe no puede, al 
tiempo, ser percibida.
      Por el contrario, la visin se nos presenta, desde el ponto de vista fenomenolgico, 
enteramente tiranizada por las perturbaciones del medio, se refiere siempre al mundo. No 
tenemos dificultades, a no ser que alteremos nuestros mecanismos perceptivos 
artificialmente, para experimentar cualquier experiencia visual como perteneciente al 
mundo y a los objetos que lo componen.
      La funcionalidad y la naturaleza fenomenolgica de los sistemas perceptivos es la 
consecuencia de una larga deriva filogentica e histrica. Esta larga deriva ha 
desembocado en una especializacin funcional de tales sistemas respecto a las distintas 
formas de energa de medio y a determinadas frecuencias espacio-temporales dentro de las 
mismas. La enorme pregnancia del sistema visual como mecanismo dc percepcin distal y 
su alto poder de resolucin espacial generan con facilidad atribuciones de externalidad 
sobre el contenido de la experiencia individual y permiten que la percepcin visual resulte 
ms vinculante que otros tipos de experiencia sensorial.
      Sin embargo, no parece nada claro que la mera estimulacin de los receptores visuales 
sea condicin suficiente para la experiencia visual objetiva. Para que se d tal experiencia 
objetiva es necesario que la estimulacin de los receptores se opere sobre una intencin 
cognitiva. Imagnese el lector reflexionando sobre el problema que estamos tratando. Es 
probable que sus ojos estn orientados hacia algn objeto de su entorno sin que, en ningn 
caso, salvo que se d en dicho entorno alguna perturbacin especialmente relevante y 
llamativa, le informen acerca de las caractersticas de dicho objeto. Esta es la idea bsica 
en la que se sustenta la distincin gibsoniana entre tacto activo y pasivo y, de manera 
genrica, su teora de la percepcin. El tacto activo, la percepcin hptica, enfatiza el polo 
objetivo de la experiencia y facilita las atribuciones de externalidad porque est ligado a la 
actividad intencional del sujeto.
      Por todo ello, podemos pensar (ver captulo sobre desarrollo) que si bien las 
restricciones estructurales de los sistemas perceptivos determinadas por la deriva 
filogentica pueden introducir algunos desfases en la construccin de un mundo estable y 
permanente por parte de los sujetos ciegos, dicha construccin puede quedar garantizada 
por la incorporacin de intenciones a la estructura de la accin. La diferenciacin 
fenomenolgica entre el polo objetivo y el polo subjetivo, entre el Yo y la realidad depende 
radicalmente y en ltimo trmino de que el sujeto se experimente como una instancia 
intencional. Algunos sistemas no humanos pueden ser perfectos analizadores de 
frecuencias espaciales pero no se experimentan a s mismos como sujetos de intencin.
      Parece, por tanto, que la posibilidad de construir un mundo estable y experimentado en 
un mbito objetivo separado del mbito del Yo depende de la naturaleza intencional de 
la accin humana. Evidentemente, la naturaleza de la experiencia del mundo debe estar 
limitada por las formas de acceso al mismo. En este sentido, representarse algo 
mentalmente consiste en volvrselo a presentar. Si alguien no ha experimentado 
visualmente el mundo, difcilmente puede imaginrselo visualmente. Tendr, en 
consecuencia, que poner en juego otros cdigos alternativos de representacin que se 
comentarn extensamente en otros captulos. El papel del lenguaje es, en este sentido, 
crucial. En la medida en que el sujeto puede acceder a un sistema de signos que apelan a 
significados socialmente compartidos puede tambin disponer de un sistema de 
representacin que le vincula al mundo a travs del acuerdo tcito o expreso con el otro. 
EL lenguaje es tanto ms potente y til en la descripcin y transformacin del mundo 
cuanto mayor sea su capacidad para generar un consenso intersubjetivo. En este sentido, 
Maturana y Varela (1990) han sealado recientemente que no es necesario suponer que el 
conocimiento de los organismos se cifre representacionalmente para que exista cono 
cimiento como tal. El conocimiento se cifrara en las posibilidades estructurales que brinda 
la red de conexiones actuales entre lo sensorial y lo motor, de tal manera que el pasado, el 
recuerdo, y, genricamente, las representaciones, slo existiran como categoras 
comunicativas entre observadores.
      Se puede pensar que el mundo generado por el acoplamiento estructural entre una 
especie y el medio es el nico mundo posible con el que la especie puede interaccionar. En 
este sentido, el nico problema lo introduce la posibilidad de acceso a otros mundos 
perceptivos (los ribosomas, por ejemplo) garantizada por la creacin de instrumentos de 
mediacin tecnolgicos (microscopio), hecho que apunta a la idea de que la mente humana 
genera mundos posibles hipotticos ms all de los mundos que trae a la mano el 
acoplamiento estructural natural (las funciones de conocimiento). Si la posibilidad de 
pensar en la existencia de los ribosomas o del ADN es la consecuencia de la confianza 
inmanente en una realidad transcendente ms all de las restricciones impuestas por la 
estructura del organismo o, ms bien, el resultado de un acopiamiento cuya resolucin 
evolutiva se lleva a cabo sobre estructuras culturales y no naturales es una cuestin central 
que debe ser resuelta. La utilizacin de instrumentos de mediacin que se construyen y se 
transmiten en el seno de contextos socio-histricos especficos parece un elemento crucial 
en la generacin de tales mundos posibles.
      El mundo psicolgico de los ciegos es tambin un buen punto dc referencia para tratar 
de oler este problema de los mundos posibles y de su naturaleza socio-biolgica, y para 
tratar de romper la persistencia del flujo procesual desde mundos predefinidos de los 
computacionalistas. Las personas ciegas pueden, desde luego, construir estados 
representacionales sobre realidades no accesibles llevando a cabo inferencias 
espontneas o dirigidas en base a entradas de otros sistemas sensoriales disponibles (por 
ejemplo, estimar en cul de dos calles uno est en un momento dado a partir del sentido de 
la circulacin inferido a partir del sonido de los motores), pero tambin pueden, lo que es 
ms interesante, acceder a estados representacionales sobre realidades que no presentan 
ndices de acceso (por ejemplo, algunos aspectos convencionales de la geometra, como la 
perspectiva o las proyecciones sobre el piano de figuras tridimensionales). Entendemos que 
esto es posible gracias a la existencia de significados socialmente compartidos y, como 
veremos ms abajo, gracias a la generacin de atribuciones sociales respecto a la 
competencia de los ciegos, factores que, seguramente, tienen una naturaleza comn.
      Pero an resulta ms relevante, respecto a la vigencia de las representaciones, 
entendidas como estrategias consecuentes a un acoplamiento estructural y conservadas por 
el organismo, el caso de los ciegos tardos. Se trata en este caso, trivializando la cuestin, 
de un organismo que puede utilizar estrategias de representacin  que se traducen 
empricamente en cierta forma de resolver algunos problemas, de actuar  que la estructura 
orgnica ya no garantiza. En este caso, parece evidente, el sistema nervioso del organismo 
utilizara, si fusemos fieles al planteamiento de Maturana y Varela (op. cit.), competencias 
no definidas estructuralmente, es decir, no definidas por el sistema de conexiones entre lo 
aferente y lo eferente. El pasado, en estos trminos, es algo ms que un anclaje 
comunicativo. La configuracin estructural de un organismo no determina en el ser 
humano, y, probablemente, tampoco en otros organismos, su competencia cognitiva.
      Siguiendo a Valsiner (1984), podemos asumir que el despliegue de la competencia 
cognitiva en el ser humano se entiende mejor como un caso de sistema abierto. Esto 
supone aceptar por un lado, que no es posible predecir el resultado final de un proceso 
evolutivo a partir de las condiciones iniciales del sistema, y. por otro, que el resultado final 
puede ser alcanzado por diferentes caminos. La indeterminacin y variabilidad del proceso 
evolutivo tiene entonces que ver con la interdependencia entre el organismo en desarrollo y 
su entorno.
      Es, seguramente, en este contexto donde tiene sentido retomar la nocin gibsoniana de 
affordance. Como el propio Gibson seala, ... lo entiendo como algo que se refiere 
tanto al entorno como al animal, idea muy cercana al acoplamiento estructural de 
Maturana y Varela (op. cit), y cuyas dificultades ya hemos sealado.
      Tanto la nocin de affordance como la de acoplamiento estructural resultan muy 
consistentes cuando hablamos de acciones, pero se quedan cortas cuando hablamos de 
representaciones y de significados. En este sentido, y como seala Valsiner (loc. cit.), las 
affordances definen los lmites de las acciones posibles que un organismo puede realizar 
en una situacin dada, de maneta que, por ejemplo, una escalera no puede ser utilizada para 
subir por un nio de tres meses. Pero qu ocurrira en este caso con un parapljico? 
Evidentemente, aunque la accin de subir no le est estructuralmente permitida, es muy 
posible que el significado que para el sujeto detenta la escalera apunta hacia la posibilidad 
de utilizara para subir.
      La observacin del comportamiento de los dems respecto a los objetos del en torno, la 
simulacin representacional o ldico-simblica de las acciones potenciales, y, lo que es 
ms importante, la regulacin social de nuestras relaciones con los objetos resultan factores 
tanto o ms importantes en el desarrollo cognitivo que las posibilidades estructurales de 
actuar en sintona con el entorno.
      Volvamos, para finalizar, al problema de las intenciones. El hecho de ser conscientes 
de la importancia de la intencin en la construccin del conocimiento debera llevar nos a 
pensar en algunas cuestiones de importancia central y que aqu slo apuntaremos. 
Comencemos precisando que la nocin de intencionalidad no se entiende en este con texto 
en un sentido tan amplio como el husserliano. En cualquier caso, s admitimos que 
cualquier acto de conocimiento es un acto intencional  no en el sentido judicativo  en la 
medida en que siempre tiene un objeto como destinatario. La definicin social de las 
intenciones de conocimiento, esto es, de los objetos a los que un ciego puede acceder 
depende no slo de su estatus perceptivo, sino, y sobre todo, de las atribuciones sociales 
sobre las competencias cognitivas de los ciegos. En otras palabras, la estructura de los 
organismos (la imposibilidad de acceso a la energa luminosa en el caso de los ciegos 
totales) restringe el tipo de experiencia cognitiva de los mismos, pera seguramente no lo 
especifica. El lenguaje puede actuar en el seno de los marcos de socializacin como un 
sistema a travs del cual se amplifica y refracta el mundo con el que los ciegos pueden 
interactuar. Uno de los mbitos desde los que se pueden modificar las atribuciones sobre la 
competencia socio-cognitiva de los ciegos es precisamente el mbito de la investigacin 
sobre tal competencia, a travs de un curioso bucle de retroalimentacin en el cual la 
explicacin cientfica se convierte a su vez en condicin de posibilidad para tal 
modificacin.
      



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Psicologa de la Ceguera  Captulo 3
